Es hora de cuidar nuestra casa
Orlando Parga Rivas
Los seres humanos nos hemos habituado a actuar como si los recursos naturales fueran inagotables, o como si tuviésemos otro planeta a donde mudarnos cuando en este no quede ya nada qué consumir. La devastación sobre el medio ambiente ha llegado a tal magnitud y avanza a tal velocidad que hoy es un tema obligado de discusión en todo encuentro mundial. Ya no es cuestión de unos cuantos románticos ecologistas o ambientalistas, hay expertos que incluso se aventuran a pronosticar, y con razón, que la tercera será por el agua.
Es tan dramática la situación actual, de depredación ambiental y calentamiento global, aunque la mayoría lo nieguen, que el Papa Francisco ha expresado su profunda preocupación por la suerte de la creación, y en su última Carta Encíclica titulada “Laudato Si” (Alabado sea) hace un fuerte llamado de atención sobre la acelerada degradación ambiental, y la necesidad urgente de fortalecer una moral en armonía con la naturaleza y el natural cuidado de “nuestra casa común” que es el planeta tierra.
En sintonía con el Sumo Pontífice, y desde la moral cristiana, la creación nos ha sido entregada por Dios para nuestra realización, pero la estamos despilfarrando en lugar de preservarla. El Papa dice que todo está conectado y clama por el daño que le provocamos a la tierra a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes: suelo, agua, aire y seres vivientes.
Hoy por hoy, el ser humano se ha convertido en el mayor depredador del planeta, entre todos los seres vivos, y por su mano, "La tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un depósito de porquería" (Papa francisco).
Y desde el Huila estamos poniendo nuestro grano de arena para agravar la crisis. Al contribuir a esa depredación sin ni siquiera contribuir a mejorar por igual la calidad de vida de la humanidad, qué es lo que le vamos a dejar a las futuras generaciones.
Nuestra realidad huilense es un modelo a escala de lo que ocurre a nivel global. Sin reparar en las consecuencias, no se detiene la deforestación que aumenta más las áreas desérticas del departamento. Por la tala indiscriminada, pierde cientos de kilómetros cuadrados de bosques, un área equivalente a la sexta parte del desierto de La Tatacoa.
Por consecuencia, el cauce de los ríos cada vez es menor y las quebradas se evaporan por efectos de la deforestación y el calentamiento global. Rompemos el equilibrio de los ecosistemas y extinguimos la biodiversidad, con obras que privilegian más el tener que el ser, como la represa El Quimbo que inundó tierras del centro, arrasando el hábitat de flora y fauna.
Si nos adentramos más al sur, vemos cómo se arrasan hectáreas de selvas, que son las mayores fábricas de agua y de oxígeno. Qué decir de la minería, en particular del oro y el cobre, cuya extracción contamina en exceso ríos y quebradas.
Y a eso es que queremos apuntarle en Uniminuto, implementando programas académicos de formación universitaria amigables con el medio ambiente, que aprovechen las energías renovables, que privilegien la producción limpia y el desarrollo humano integral que promueven una ética y una moral en armonía con el ambiente natural, contando con la ayuda de los entes gubernamentales.
Pero urge un compromiso a escala planetaria, que incluso sustituya el modelo de desarrollo fundado en la explotación incontrolada de los recursos naturales, el extractivismo, el consumo masivo, la acumulación y el tener, por uno que tome partido por la vida, por el equilibrio que sustente la vida planetaria y propenda por el bienestar general.
