Entrevistas
Por Gloria Cepeda Vargas
El diccionario define la entrevista como “Encuentro concertado entre varias personas para tratar un asunto”. Es decir, reunión o cita planeadas con fines determinados. Hasta aquí todo bien, todo bien, como dice el Pibe Valderrama.
Lo espinoso del asunto surge cuando el diálogo y quien lo surte, intentan cuadrar el círculo como sucedió durante la entrevista concedida por el poeta Giovanni Quessep a la revista Semana (10 al 17 de mayo), con motivo del Premio Internacional de Poesía René Char obtenido por su libro recientemente publicado por la Editorial de la Universidad del Cauca.
Pulcramente ubicado, desde impoluta página el poeta nos mira pensativo. Disuena su apostura de lejanía encadenada con el cariz de las preguntas que se le formulan: “¿A qué se debe que un poeta de su talla sea un desconocido para muchos colombianos?” inquiere. El entrevistado responde mientras desde el desván, asciende la hojarasca: “Pero William Ospina es poeta y a la vez figura nacional”, insiste. La víctima intenta desenredar el hilo y declara con tesón de náufrago: “No me meto en cuestiones políticas o sociales. No soy un poeta social”. Entonces, entre daltónico y ufano, el entrevistador remata la faena: “Pero un país polarizado necesita las reflexiones de gente como usted. Entonces ¿no le importa la realidad del país?”.
La entrevista ha terminado sin empezar. Se esfumó la ocasión de transponer la maravillosa, la enigmática, la inaprehensible contundencia de la palabra poética.
Giovanni Quessep urde sus poemas desde el principio del asombro. Para someter su globo de cristal a los caprichos de la luz, habría que apelar a una memoria devorante. Viene de lejos, quizá de otros jardines, siempre en fuga.
Lo que sucede es que ni siquiera quienes transitan las cerradas noches de la poesía con ojo de nictálope, la conocen. Menos entonces les será dado desentrañarla a los cuadriculados oficiantes de la palabra escrita. ¿Es “el tiempo que huye de sí y a sí mismo se alcanza?” (Quessep) o la “diadema planetaria hecha toda de cólera y ternura” que vio rielar sobre la cresta de sus Andes natales mi inolvidable poeta y amigo Dionisio Aymará?
Intentar desentrañar el misterio del poema es utópico. Y cuando se trata, como en este caso, del abordaje de la alfombra voladora o de esa “penumbra del castillo por el sueño” que blanquea a lo lejos, se convierte en empresa fallida.
Comprendo que tratándose de un acontecimiento de importancia internacional como es éste, debe publicitarse mediante el único pregón que poseemos: la palabra uniformada que hace fila en los medios de comunicación. Pero ahí está el escollo. No obstante el conocimiento adquirido semántica, sintáctica, o pragmáticamente; es decir, de la obra de carpintería que poda y suma mientras se escribe, hace falta el oído abierto al estertor universal.
Toda entrevista discurre en terreno cercado. Quien interroga, únicamente araña la superficie. Quizá el cronograma del novelista, del cuentista, del autor de ensayos o manuales de autoayuda, sea más fácilmente digerible –aunque la fantasmagoría de Pedro Páramo, es implacable-. Alguna vez en Caracas, oí decir en referencia a los poemas del brasilero Ledo Ivo: “La poesía es la única manera de andar sobre las aguas”. Es entonces imposible escoltar a este expedicionario acaecido en un mundo tan ajeno a sus lobos de niebla: “Mi alegría proviene de otro cielo/ donde los pájaros adoran la mirada del tigre” (“Lectura de William Blake”), a esta evocación de lo que no ha visto pero que sabe suyo: “Vuélveme ahora a mi país de origen” (“Canción y elegía”), a una admonición sin contrapeso: “El hombre solo habita/ una orilla lejana” (“Cercanía de la muerte”). Son el arcano y su infinitud.
Esta entrevista, además de malograda, fue innecesaria. No se trata de inventario o balance monocordes. Tampoco de despejar una ecuación algebraica. Son dorados terrenos esteparios, intraducibles textos en apariencia misericordiosos. Carecemos del recurso que nos permitiría bucear en sus abismos de diamante. La disección que intentaron hacer a Giovanni Quessep en las páginas de Semana, exhibió la intención, no la culminación. Para obtener algo que vaya más allá del simple atiborramiento de la página, habría que cruzar el Rubicón y eso es casi imposible.
