jueves, 16 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2015-05-13 05:22

Entrevistas

Por Gloria Cepeda Vargas

Escrito por: Redacción Diario del Huila | mayo 13 de 2015

El diccionario define la entrevista como “Encuentro concertado entre varias personas para tratar  un asunto”. Es decir, es en este caso  una monda y lironda  reunión, cita o encuentro verificados con intención prefabricada. Hasta aquí todo bien, todo bien, como dice el Pibe Valderrama. Como ente inanimado, la palabra resiste torceduras de todo jaez.

Lo espinoso del asunto surge cuando la conferencia y quien la surte, intentan cuadrar el círculo como sucedió en la entrevista concedida por el poeta Giovanni Quessep a la revista Semana,  acerca del Premio Internacional de Poesía René Char obtenido por su libro recientemente publicado por la Editorial de la Universidad del Cauca.

Pulcramente ubicado en impoluta página, el poeta nos mira pensativo. Disuena su apostura de lejanía encadenada con el cariz de las preguntas que hace  el entrevistador. La incoherencia entre proa y popa es evidente. Perlas como ésta: “¿A qué se debe que un poeta de su talla sea un desconocido para muchos colombianos?”  El poeta entonces esgrime argumentos que respiran en la suite del cerebro mientras, desde el sótano, continúa el alud: “Pero William Ospina es poeta y a la vez figura nacional”. La víctima intenta desenredar el hilo, declara con el tesón del náufrago: “No me meto en cuestiones políticas o sociales. No soy un poeta social”. Entonces, daltónico y ufano, el entrevistador remata la faena: “Pero un país polarizado necesita las reflexiones de gente como usted. Entonces ¿no le importa la realidad del país?”.

La entrevista ha terminado sin empezar, perdida la ocasión de transponer la maravillosa, la enigmática, la inaprehensible contundencia de la palabra  poética.

Lo que sucede es que ni siquiera quienes transitan las oscuras noches de la poesía con ojo de nictálope,  la conocen. Menos entonces les será dado desentrañarla a los cuadriculados oficiantes de la palabra escrita. La poesía ¿es “El tiempo que huye de sí y a sí mismo se alcanza?” (Quessep) o la “diadema planetaria hecha toda de cólera y ternura” que vio rielar sobre la cresta de sus Andes natales mi inolvidable poeta y amigo Dionisio Aymará?

Intentar desentrañar el misterio poético es  utopía. Y cuando se trata, como en este caso, del abordaje de la alfombra voladora o de esa “penumbra del castillo por el sueño” que blanquea  a lo lejos, es empresa fallida.

Comprendo que tratándose de un acontecimiento de importancia nacional como es éste, debe publicitarse mediante el único pregón que poseemos: la  palabra uniformada que hace fila en los medios de comunicación. Ahí reside el escollo. No obstante el conocimiento adquirido semántica, sintáctica, o pragmáticamente; es decir, de la obra de carpintería que poda y suma mientras se escribe, hace falta el oráculo: el oído abierto al estertor universal,   vientre preñado de fecundidades sin identidad conocida.

Toda entrevista discurre en  terreno cercado. Quien interroga únicamente araña la superficie. Quizá el cronograma del novelista, del cuentista, del autor de ensayos o manuales de autoayuda, sea más fácilmente digerible. No obstante, la fantasmagoría de Pedro Páramo, es implacable. Alguna vez en Caracas, oí decir en referencia a los poemas del brasilero Ledo Ivo:  “La poesía es la única manera de andar sobre las aguas”. Es entonces imposible escoltar sin discordar, a este poeta lleno de resonancias. A esta palabra que cayó por accidente en un mundo ajeno a sus lobos de niebla: “Mi alegría proviene de otro cielo/ donde los pájaros adoran la mirada del tigre” (“Lectura de William Blake”), a esta evocación de lo que no ha visto pero que sabe suyo: “Vuélveme ahora a mi país de origen” (“Canción y elegía”), a esta admonición sin contrapeso: “El hombre solo habita/ una orilla lejana” (“Cercanía de la muerte”).

La entrevista en este caso es, además de fallida, innecesaria. No se trata de  inventario o  balance monocordes. Tampoco de despejar una ecuación algebraica. Son dorados terrenos esteparios, intraducibles textos en apariencia misericordiosos. Carecemos del recurso que nos permitiría bucear en sus abismos de diamante. La disección  hecha a Giovanni Quessep en las páginas de Semana, exhibe la intención, no la culminación. Para obtener algo que vaya más allá del simple atiborramiento de la página, habría  que cruzar el Rubicón y eso es casi imposible.