Entre flauta y chalupa
Orlando Mosquera Botello.
La Mojana es una subregión colombiana plana, de quinientas mil hectáreas aproximadamente, dominada por ciénagas en su mayoría interconectadas por caños y desde luego playones que se ahogan en temporada de lluvias que va de diciembre a abril. Administrativamente está compuesta por los municipios de Caimito, San Benito Abat, la Unión, Majagual, San Marcos, Sucre y Guaranda del departamento de Sucre; Ayapel, Pueblo Nuevo y Buenavista en Córdoba; Achí y Magangué en Bolívar, y Nechí en Antioquia.
De estos municipios conozco Majagual, dado que mi jefe inmediato en el Senado de la República -Carlos Cardoza Serrano-, era hijo de un patricio liberal de la región, seguidor del ex Gobernador y entonces Senador, Gustavo Dájer Chadid, quien me invitó cuando se iniciaba el verano y el agua comenzaba a desnudar los inmensos playones.
Aún se podía navegar en chalupas por el canal Morro-hermoso. La Chalupa es para ellos, lo que para nosotros es la chiva o carro de escalera. Una lancha con motor fuera de borda y capacidad para 20 personas.
Dicho canal fue abierto en 1938, cuando Majagual se quedó sin agua a raíz de una fuerte sequía del río Cauca, y a que la boca del río Caribeña se empezó a secar a causa de los sedimentos dejados por las dragas de las minas de Antioquia. Ante la emergencia, el cura párroco citó la población para que a pico y pala abriera espacio para que pasara la corriente, convirtiendo desde entonces a Majagual en Puerto. La “Mojana” debe su nombre a la mujer del Mohán, espanto con características similares en su actuar, con cientos de historias de rapto a mujeres lavanderas.
Desde ya la población soñaba con un megaproyecto que incluía el dragado y la canalización de los ríos San Jorge y Cauca, para recuperar 350 mil hectáreas cultivables afectadas cada vez más por las inundaciones. Siete años después de haber salido yo del Congreso (1992), me enteré que habían aprobado el proyecto para desarrollar esta zona considerada la despensa agrícola más grande del país.
Por prensa me enteré hace unos cinco años, que allí estuvo el presidente Santos anunciándoles que ahora sí se iba a realizar la obra con base al estudio realizado por una Comisión de Ingenieros Hidráulicos Holandeses, considerado el más completo y mejor estructurado sobre la maqueta hidrográfica de la Mojana. A la fecha creo que no se ha dicho ni hecho más.
Cuando conocí esta parte de la región, solo sabía de la existencia de “Los Corraleros de Majagual”, famosos ya por “Los Sabanales”, “Festival en Guararé”, “la Paloma guarumera”, “La burrita”, y “La dicha del Gallo”.
No sobra hablar de la comida típica con aderezos de cachaco que engalanan el “bocachico”, “el moncholo”, “la mojarra criolla”, “el blanquillo”, “la trucha” y el “Juan viejito”, del cual recuerdo que era alargado, plateado, lateralmente comprimido con unas manchas redondas y negras a manera de ventanilla de avión. Tiene cabeza bien fea, achatada con corbatura y boca caída como labio de fumador empedernido o anciano bien avanzado en años, motivo principal de su apelativo.
Tierra alegre ambientada con cumbias y fandangos, de gente risueña a toda hora, donde parece no tener mucho oficio los odontólogos por tener sus habitantes piezas blancas, brillantes y parejas, o por la ausencia de toda la dentadura sin despertar complejos a manera de Juancho Polo Valencia.
En espacio similar a este (Inspección de Palomino -Municipio de Pinillos- (Bolívar), nació Crescencio Salcedo Monroy en 1913, hijo de Lucas Crescencio Salcedo y Belén Monroy, donde la música no era una profesión en el sentido moderno del término, sino parte de la vida cultural y social.
Las melodías eran consideradas de todos, la transmitían de generación en generación y la llevaban de rumba en rumba sin importar desde luego, quién era el compositor. Es decir, para ellos no existía el concepto de propiedad intelectual y menos el de derechos de autor.
Vi a Crescencio por primera y última vez en una de las principales vías de Ibagué en 1969, tirado en el suelo tocando flauta de millo fabricada por él, las que vendía a precio irrisorio y las que eran compradas más con el ánimo de ayudarle que con el interés de aprenderla a tocar.
Haciendo cuentas, por entonces tenía cincuenta y tres años pero revelaba setenta. Portaba sombrero auténtico vueltiao, camisa sucia de manga larga que tuvo que ser blanca; mochila terciada, pantalón café oscuro con pies descalzos e hinchados -me dio la impresión-. Me sorprendió mi padre cuando me dijo que era el famoso compositor de “La Múcura”, “el Gallo Tuerto”, y “El Año Nuevo”, entre otras, el que me tarareó para que lo recordara rápidamente, lo que no cuesta mucho trabajo.
Fue uno de los primeros intérpretes tradicionales en realizar grabaciones con flauta de millo, la que tiene una característica que la hace única en su género: La forma en que se producen algunas notas.
No se necesitaba investigar mucho para saber que Crescencio nació en familia humilde dedicada a la ganadería y la agricultura, actividades en las que con sus cinco hermanos colaboró a sus padres, las que inspiraron sus canciones sencillas. Desde luego nunca asistió a una escuela, aparte de componer e interpretar, también dedicó su vida a la fabricación de gaitas, las que interpretó con destreza. No faltaron los vivos que se apropiaron de sus canciones, mientras él envejecía en plena pobreza. Famoso fue el caso del puertorriqueño Bobby Capó, que registró “La Múcura” en Panamá, terminando todo en un gran pleito que ganó Antonio Fuentes, obteniendo no solo el derecho a regalías, sino una jugosa indemnización. La forma en que terminó su vida fue uno de los motivos que originó la ley con la que luego se oficializó la Sociedad de Autores y Compositores SAYCO.
Por medios de comunicación me enteré que los últimos años los vivió en Medellín, vendiendo en la calle Junín sus instrumentos, muriendo a causa de un derrame cerebral en 1976.
Como todos los años, no dejó de poner sentimental a unos cuantos, con la versión de los Melódicos y la voz de Perrucho Navarro, representando lo mucho o poco que deja el año viejo, en una chiva, una burra negra, una yegua blanca y una buena suegra. Alguien me dijo el 31 cuando esta pieza musical sonaba faltando unos diez minutos para las doce: “que tipo tan de poca aspiración”, pero yo le respondí con bebida en mano y unos cuantos tragos entre pecho y espalda: “Por poco que haya llegado, en Colombia es mucho cuento pasar al nuevo año con vida y salud. Y dele gracias a Dios en serio porque usted tiene una buena suegra. Anticipamos el brindis.
Crescencio Salcedo tocando su flauta en las calles de Medellín 1974.
Crescencio Salcedo.
Plaza de Majagual.
Corraleros de Majagual.
Leyenda de La Mojana.
