Entre el cielo y el infierno
Ay, que orgullosos nos sentimos de ser colombianos por el buen desempeño de nuestro equipo de balompié que logró clasificar junto a Brasil, Holanda, Costa Rica, Francia y Alemania entre los ocho mejores seleccionados del mundo que se enfrentan en los estadios de Brasil.
El gol es la cuota preciada conque cada equipo finalista abona al pasaporte para entrar por la puerta de la fama a la historia deportiva, siendo el goleador quien con su jugada de remate presagia la victoria y aviva la esperanza de sus compañeros, su director técnico y de los seguidores que estallan en gritos, llanto, abrazos y saltos, mientras él, cual héroe de pertinaz batalla, corre solitario hacia una esquina o costado del gramado para brindar su anotación antes de que su humanidad se pierda entre el abrazo amontonado y sudoroso de sus coequiperos. Un gesto repetido de celebración que se ha visto en varios de los goleadores de este mundial, es el de hacer la señal de la cruz en su pecho para alzar la vista y los brazos hacia lo alto señalando con los dedos al cielo en una manifestación de ofrecimiento o agradecimiento ante un Ser Omnipresente que de seguro se complace de las buenas y conmovedoras acciones de unión, de amistad, de amor y dolor patrio que despierta el gol como máxima expresión de supremacía en el sano combate futbolero.
Sin duda el Dios que hace llover sobre justos y pecadores, sobre vencedores y vencidos, celebrará el juego limpio en el estadio y el buen control de los tragos en las casas, calles o sitios de esparcimiento donde propios y extraños nos reunimos para ver los partidos. Pero por desventura, ante los buenos toques de un balón que los dotados saben manejar “como los dioses”, muchos en una euforia endemoniada salen a conducir como locos, a botar agua, espuma y hasta improperios en donde y a quien les provoque, porque están contentos, porque se gana o porque se pierde, sin guardar respetos y sin medir distancias.
Pero claro, mientras tengamos en casa la incultura de que toda celebración deba hacerse elevando el codo y chupando trago; mientras el vicio siga auspiciando y sosteniendo el deporte y la salud; mientras se siga admitiendo el expendio de licores a pocos metros y cuadras de los establecimientos de educación; y mientras en los sitios de expendio no se incentive al recato y la parquedad en el consumo de licor, seguiremos comportándonos no como lo quiere Dios sino como le encanta al diablo.
