En La Habana
Gloria Cepeda Vargas
El 26 de junio del 2016 se acordó en La Habana el cese bilateral y definitivo del fuego y las hostilidades para la terminación del conflicto mediante un apretón de manos entre Juan Manuel Santos, presidente de la República de Colombia y Rodrigo Londoño Echeverri, alias Timoleón Jiménez o Timochenko, encargado de la inteligencia y la contrainteligencia de las Farc. Una agenda exploratoria titulada Acuerdo General para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera, antecede al documento que dentro de 180 días sellará definitivamente el cese de la guerra y el principio de la paz en Colombia.
El momento que vivimos es más que histórico. La totalidad de los guerrilleros rasos son campesinos ignorantes de todo lo que nosotros consideramos ético u obligante para una convivencia medianamente civilizada. Para ellos la violencia en cualquiera de sus manifestaciones no es una infracción; simplemente constituye un derecho adquirido en la soledad del sálvese quien pueda, de manera que su integración a la franja civilizada de la sociedad, será como un aprendizaje donde los alfabetizados serán ellos y los alfabetizadores nosotros.
Desde mi rincón, atisbo lo complejo del asunto. No es solo la ignorancia o perversidad de los guerrilleros, es también nuestra manera, entre infantil y feróstica, de nacer, vivir y morir sentados en el mismo lugar. De otro modo no podríamos entender cómo ex presidentes que en su momento trataron de hacer lo mismo que Santos hace ahora, intenten desmerecer el esfuerzo titánico que en ese sentido realizan él y su equipo. Uribe y Pastrana, las cabezas más visibles del vociferante combo, deberían seguir el ejemplo de dignidad y patriotismo que en este momento da al país el ex presidente Belisario Betancourt.
El posconflicto será más espinoso que lo vivido hasta ahora, debido a la visión utópica que, ingenuamente unos y otros cundidos de desaliños mentales, tienen acerca de lo que se avecina. El documento que refrendará la dejación de armas por parte de la guerrilla y el cese bilateral de hostilidades, no será una especie de lámpara de Aladino. Seguramente las secuelas de tan largo y sangriento episodio se harán sentir mientras el corazón y la voluntad colectivos deciden meterle el hombro de manera irreversible a la transformación social y política que necesitamos. Más allá de sus esnobismos, deberíamos reconocerle a Santos la lucidez en la conducción de este proceso. Sus interlocutores son hordas despiadadas. Vienen de los pantanos de nuestras desigualdades sociales, de nuestros arrogantes regímenes dinásticos y sobre todo de nuestras inequidades obscenamente permitidas. No obstante, remendando aquí y descosiendo allá, ha logrado pisar donde ningún gobernante lo había hecho hasta ahora.
En cuanto a la participación de las Farc en política, el mencionado documento contempla en uno de sus apartes la Reincorporación de las Farc a la vida civil en lo económico, lo social y lo político de acuerdo a sus intereses, y eso es lógico. La guerrilla nació como un movimiento contestatario. Su logística primigenia apunta a un cambio social y por supuesto político como en su momento lo tuvo el M19. Sé que es difícil digerirlo pero la situación de emergencia que vivimos, lo reclama. Recordemos que en su momento y sin contraprestaciones conocidas, Uribe liberó a Karina y a Rodrigo Granda, dos de los más sanguinarios exponentes de los criminales delirios de las Farc. Lo que viene es un reajuste mental de dimensiones gigantescas. En las manos de todos están su culminación o su fracaso.
