viernes, 03 de abril de 2026
Opinión/ Creado el: 2014-04-30 08:07

En el trigésimo aniversario del magnicidio de Rodrigo Lara

Confieso que soy poco amante de las telenovelas.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | abril 30 de 2014

No es propiamente mi afición, pero ocasionalmente, algunas de ellas me atrapan por las historias, o las actuaciones, o los personajes. Eso me sucedió con la serie El Mexicano: la vida del tristemente célebre, Gonzalo Rodríguez Gacha, uno de los grandes capos del narcotráfico. Me llamó profundamente la atención el marco histórico de su realización. No obstante que, desde hace muchos años, la producción cinematográfica y televisiva ha estado marcada por el sino “traqueto”, la mayor parte de ellas cayeron en un estereotipo inane y vulgar, porque –pienso yo – era peligroso tocar intereses y pecados de, no solo los traquetos de todos los pelambres, sino de países, sectores sociales, empresas y personajes que por sus vínculos, han sido los usufructuarios directos de este inconmensurable negocio ilícito.

La aparición del negocio de las drogas ilícitas, que terminó construyendo el mundo fabuloso del narcotráfico, no ha sido cabalmente dimensionada en la historia. Un libro, de reciente aparición, del profesor James Henderson, aborda varios de los aspectos sustanciales de su incidencia en la vida nacional. Su título marca el derrotero de fondo: “Víctima de la globalización. La historia de cómo el narcotráfico destruyó la paz en Colombia.” Porque ese negocio no puede entenderse, sin el marco general favorable que le creó la globalización capitalista, especialmente la libre circulación de capitales. A la sombra de los múltiples negocios de inversión que se le crearon, en países como el nuestro y en el mundo entero, a los descomunales capitales del gigantesco sistema financiero mundial: privatizaciones, endeudamiento de países y empresas, especulación monetaria, de bonos y acciones, de derivados financieros, de libertad comercial, etc., medraron sin control alguno, “entraron como Pedro por su casa”, los chorros interminables y extraordinarios de los dineros del crimen.

Así, penetraron con sutileza o a la fuerza, todas las arterias de la vida nacional: la economía, la sociedad, la cultura y el deporte… Un país acostumbrado a la carencia de capitales, al manejo cuidadoso de sus escasos recursos, de la noche a la mañana, empezó a ser atropellado por sumas estrambóticas, básicamente en dólares, que inicialmente irrumpieron en el sistema bancario. Después, se orientaron a la compra de tierras –a las buenas o a las malas–, que se va a constituir en la más profunda ‘reforma agraria’ de las últimas décadas. Como también va a hacer ‘inversiones’ en varias de las grandes y medianas ciudades: en comercio, industria, transporte, vivienda, servicios médicos…Todo un engranaje de penetración y control del que no va a escapar la institucionalidad estatal: las fuerzas militares y de policía, el congreso, la rama judicial, el sector ejecutivo: alcaldías, gobernaciones y, la mismísima presidencia de la república.

Es en ese marco histórico-social que se va a desenvolver la lucha heroica y quijotesca de Rodrigo Lara Bonilla, que más llevado por su intuición y los principios acendrados de la intolerancia con cualquier tipo de comportamiento delincuencial, decide enfrentar, sin el acompañamiento de la sociedad y del estado, a sus descomunales, abiertos y encubiertos, enemigos: los incontables usufructuarios del negocio criminal del narcotráfico y sus actividades conexas. El resultado era previsible. Quienes desde la distancia ideológica seguíamos los acontecimientos, en los comienzos de la década del 80 del siglo pasado, veíamos venir el magnicidio.

Colombia y el mundo, van a demorar décadas en comprender la magnitud de la infición y sus letales consecuencias. Aún hoy, muchas de sus secuelas están vivas y coleando: la cultura “mafiosa” que terminó por caracterizar a Colombia, está enraizada en la sociedad, hasta el punto de que la ambición del dinero fácil y rápido, es un comportamiento normal y aceptado.

Todo sucedió, no lo podemos olvidar, aupado por la corriente neoliberal del libre comercio que se guía por el principio de la máxima ganancia al precio que sea. El todo vale.

P.S.- ¡Qué tristeza! Muchos de los ‘amigos’ de Lara Bonilla, que sacan pecho recordándolo, son seguidores incondicionales de los defensores del ‘todo vale’, de quienes dirigieron la mano invisible que condujo a su asesinato.