lunes, 13 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2016-04-04 09:25

El valor de la prudencia

Pedro Arias

Escrito por: Redacción Diario del Huila | abril 04 de 2016

En estos tiempos de alerta, de agitación del panorama político nacional, de movilizaciones, de tensión en las relaciones con diferentes gremios de trabajadores estatales, de exaltación de ánimos, de amores y desamores; es oportuno llamar a la reflexión acerca de valores de primer orden, como es la prudencia.

Los sistemas políticos más vinculados a la prudencia son aquellos que regulan el ordenamiento del Estado en torno a la democracia como principio básico y esencial de su funcionamiento social y político. En cambio, la antítesis de la prudencia estaría representada por los sistemas políticos teñidos por la autocracia, el totalitarismo o por actitudes personales o sociales relacionadas con el fanatismo en todas sus formas, el religioso, el racismo, la xenofobia o el terrorismo.

El comportamiento prudente es un claro signo de madurez y de paz interna. Generalmente es imprudente, el que tiene miedo, el que se siente inseguro, el que piensa que su verdad es la única existente.

La prudencia es sinónimo de precaución, de moderación, de respeto, de responsabilidad, de discreción; es la virtud que nos impide actuar de manera ciega e irreflexiva en las múltiples situaciones que debemos sortear en la vida.

El hombre y la mujer prudentes son seres precavidos, cautelosos y protectores de su propia vida y de la de los demás; es decir, tienen conciencia de los múltiples peligros, inconvenientes e imprevistos, y se anticipan a ellos sin alarma ni pánico, guiados por un sano y legítimo instinto de conservación.

Debemos entender por prudencia al accionar dictado por la razón; eso se traduce en dominar la palabra, en entender el silencio como  espacio para la reflexión, en la discreción ante los secretos y en el hablar poco y decir mucho. Sin embargo, son las emociones, pasiones e instintos los que dominan la conducta de las personas imprudentes.

Mi padre me enseñó, que la prudencia es dominar esas emociones, pasiones e instintos, para adentrar nuestro comportamiento en los dictados de la razón, teniendo siempre en mente el origen y la consecuencia de los actos propios, y su correspondencia con las virtudes que practicamos y principios que sustentamos.

Hay personas que saben cuándo hablar y cuándo callar, y cuando actuar ó abstenerse de actuar; saben refrenar su lengua y no revelar los secretos que se les confía.

En estricto sentido, es una virtud y en su forma operativa, es  el valor que nos ayuda a actuar con mayor conciencia frente a las situaciones ordinarias de la vida. Es la herencia de los filósofos antiguos, para quienes era la más auténtica expresión de la sabiduría natural de la vida.

El valor de la prudencia, nos hace tener un trato justo y lleno de generosidad hacia los demás, edifica una personalidad recia, segura, perseverante, capaz de comprometerse en todo y con todos, generando confianza y estabilidad en quienes le rodean, seguros de tener a un guía que los conduce por un camino seguro.

Necesitamos con urgencia seres prudentes, cuyos actos se acompañen de un ejemplo de superación personal y de trascendencia individual y colectiva, con moderación y equilibrio. Esa mezcla, que constituye la más viva manifestación de la prudencia, es el motor que impregna de dinamismo nuestra existencia y nos da autoridad para que nuestros hijos, nuestros nietos, vean el ejemplo que los impulse a construir su norte, contribuyendo al progreso de la sociedad y de la patria. “La prudencia que hace verdaderos sabios”.