El tiempo pasa
Diógenes Díaz Carabalí
El tiempo pasa como la brisa, lento y suave, indoloro y sin expeler ningún olfato. Pasa con pequños sobresaltos, en un licuar despacio de los día y las noches, sin que aparezan cortapisas o barreras infranqueables, como para decir que lo único que no tiene solución es la muerte. Aprendemos a vivir así, a medida que el tiempo nos otorga la distancia del remoto momento en que aparecemos en la esfera del mundo, nos vamos llenando de cualidades, la paciencia se hace evidente, como lo hemos visto todo buscamos justificar los herrores de nuestros semejantes, cada acto tiene una causa, como que no intentamos reparar en las consecuencias.
El tiempo es el mejor maestro, gradúa en la experiencia, por eso es lamentable que la cultura de occidente archive a sus viejos; por eso la frivolidad es la peor consejera; por eso las decisiones esporádicas y los arrebatos juveniles conllevan a tantas equivocaciones, a tanta imrpovisación. Nos es confiable tanto asesor en pañales que rodean a las primeras autoridades, no es sano tanto púber con posiciones de sabiduría; pueden conocer lo divino y lo humano, pueden especializarse y sobreespecializarse, pero falta la eperiencia que se acaricia con las manos, que se introduce en la piel y la curte, que se percude con los días. Esa diáfana postura de ingenuidad que los muchachos tienen ha de acumularse, ha de curtirse, ha de empañar el primer vidrio con que miran el panorama.
Este país acostumbrado a discriminar tiene que aprender a valorar cada ser en su justa capacidad, en su justa medida. Se desprecia la espontaneidad de los jóvenes, se desprecia la serenidad de los viejos. Es como si las consecuencias fueran antes de las causas, con los valores invertidos de ver el mundo, de aplicar la lectura a los acontecimientos cotidianos, como si las leyes naturales las pudieramos cambiar a nuestro antojo. Debemos tener claro que cada hecho se acumula, cada reacción tiene su antecedente, cada atributo se forma, cada resultado es obtenido en la ferrea pelea por la supervivencia. Debemos entender que cada quien cosecha lo que siembra y que la justicia natural de las cosas otorga o quita según hayan sido nuestras acciones.
Somos occidentales y el lenguaje ocupa lugar preponderante. Hacemos y actuamos con la palabra que se transforma, se sesga y píerde su significado. somos poco dados a la meditación por eso estamos tan expuestos a equivocarnos. Con el agravante de que todos nuestros actos, para que tengan significado, han de estar escritos grabados o filmados. Nuestra vida necesita de un expediente; para nuestras relaciones personales es necesario que nos expongan el Curriculum Vitae. No es tomada en cuenta nuestra sola presencia; nuestra propia voz no nos identifica. Para occidente es como si la escritura hubiera existido siempre: estamos dados a suscribir convenios; estamos sentenciados a acatar códigos; estamos obnivulados por las frases del positivismo que nos compele a adoptar comportamientos. Como civilización jóven buscamos olvidar el pasado, desconocer la historia, olvidar los sueños. Somo una sociedad aleatoria, incapaz de construir sobre los simientos que hemos fundido en el tiempo, por eso nos encanta desconocer la sabiduría de los viejos, nos burlamos asignándoles incapacidad; pero desconfiamos absolutamente de los jóvenes, de su expontaneidad, de su arrojo.
Tras esas barreras naturales actuamos; de allí viene nuestro futuro; con esos parangones construimos nuestras naciones. Somos capaces de enterrar la tradición, somos dados a esconder y avergonzarnos de nuestros valores, buscamos en otras culturas lo que no somos, adoptamos posiciones alejadas de lo que somos, de lo que hemos logrado, de lo que construimos. Como resultado: una sociedad que no se comprende; una sociedad fundada en lo superfluo.
