El secuestro que estremeció a Garzón
Orlando Parga Rivas
Ojalá el secuestro, esa abominable práctica de violencia que priva de las mínimas condiciones humanas a la víctima y de la tranquilidad y el sosiego a su familia y amigos, quede definitivamente desterrada y olvidada con la entrada en vigencia de los acuerdos entre Gobierno y Farc.
Yo la vi de cerca y la padecí desde muy pequeño, cuando la tranquilidad de mi natal municipio de Garzón, centro del Departamento del Huila, se vio abruptamente alterada aquel año de 1981, en que un comando armado del M-19, cometía el primer secuestro de un menor de edad en la región y en Colombia.
Recuerdo como si fuera ayer aquella mañana en que cursaba el segundo grado de bachillerato en el Colegio Nacional Simón Bolívar, cuando tres personas armadas irrumpieron en el salón y preguntaron por Javier Ramírez. El profesor asintió con la cabeza mientras el niño tímidamente levantó la mano. Todo pasó en segundos y a ‘Vikingo’, como lo apodábamos por su tez blanca y cabello rubio, se lo llevaron a la zona montañosa. El acontecimiento fue traumático para todo el salón de clase por la forma violenta como se llevaron a nuestro amigo y compañero. Pero fue devastador para todo un pueblo que se estremeció por el secuestro de unos de sus niños.
Por esos años acompañé desde los Grupos de Oración de la Renovación Carismática Católica a elevar plegarias en compañía de su querida y devota Madre, Marinita Ramírez, a quien le hago llegar un mensaje de apreció por su entrega y dedicación.
Y es que si hay algún delito que trae consigo efectos devastadores para la víctima y su entorno familiar más cercano, ese es el secuestro, cuando no es que éste acabe con la muerte en cautiverio como ocurre en no pocos casos. Hablar de secuestro es hacer referencia a que existen situaciones que pueden parecer peores que la muerte, circunstancias que implican privación de la libertad, de la tranquilidad, de la privacidad y de la integridad física.
Según los expertos, todo ex rehén que sobrevive a un secuestro, sucumbe ante las devastadoras consecuencias del trauma. Las personas que han sido víctimas de un secuestro suelen padecer de lo que se denomina el estrés postraumático.
Una víctima de secuestro desarrolla pérdida de confianza, de seguridad en las relaciones, en sí mismo, pérdida de alegría, de valores y del significado de las cosas por importante que éstas sean. Adopta una conducta tímida, aislada, introvertida, ansiosa, que no potencializa sus cualidades y tiene dificultad para mantener relaciones interpersonales; además, su sonrisa es la gran ausente en su rostro.
Y si se trata del secuestro de infantes, ocasiona en ellos una grave descompensación en su desarrollo normal y dependiendo de la edad, pueden sufrir severos traumatismos de tipo psicológico. Fue lo que creo le ocurrió a mi amigo y compañero del Simón Bolívar, Javier Ramírez, porque después de ese secuestro nunca volvió a ser el mismo o tal vez su mente nunca logró salir del cautiverio.
Pero las consecuencias ni empiezan ni terminan en el secuestrado. Los resultados de varias investigaciones demuestran que el secuestro no solo tiene efectos sicológicos sobre las víctimas directas, sino que genera un deterioro paulatino de la sociedad.
Las familias también quedan secuestradas, viven de otro modo su propio cautiverio. Están cautivas sicológicamente y más allá de la posibilidad de generar un desequilibrio emocional o una sicopatología, el secuestro altera su funcionamiento síquico y la relación con el entorno social al que ve con desconfianza, como algo inseguro y fuente de temor, haciendo que se encierren en sí mismas y reduzcan al máximo el círculo de personas consideradas fiables.
Hoy estamos más cerca que nunca de acabar el conflicto armado en Colombia, y con ello prácticas tan abominables como el secuestro. Así que como sociedad civil debemos todos de apostarle a la paz, porque todos somos víctimas indirectas de la violencia por vía de los efectos psicológicos que socavan sutilmente el tejido y las relaciones sociales, llevándonos a la desconfianza en el otro y la desesperanza de un futuro mejor.
