El Salón de la Justicia
La justicia se ha convertido en uno de los síntomas más claros de las debilidades de la democracia Colombiana. Los nombramientos del Poder Judicial, las actitudes de la fiscalía, los excesos de la procuraduría en casos muy significativos, las decisiones de la contraloría y la indignación que promueven ciertas sentencias, apuntan a una enfermedad crónica: Los intereses del poder obstaculizan la objetividad y la libertad en la aplicación de las leyes. Hay leyes?
Al calor de los escándalos diarios que afloran en la prensa: Caso Colmenares, Cajanal de Hernán, la zona franca de los hijos de Uribe, el juez Armenta en el caso Petro con esposa trabajando en el distrito, el caso Interbolsa con el Dr Jaramillo lleno de beneficios (y plata), el caso de Julian Azuero cerebro huilense repatriado y que por negligencia de una ministra no puede ejercer en Colombia, entre otros; debería abrirse un debate profundo sobre la independencia judicial y de nuevo la objetividad en la aplicación de la justicia. No se trata sólo de valorar las situaciones de cada coyuntura, sino también de hacer un diagnóstico a largo plazo y apostar por una regeneración verdadera. La verdadera reforma a la justicia, que corrió con mala suerte, cuando el otrora promisorio Simón dijo no haber leído el texto y por consecuencia se cayó estrepitosamente (que suerte!).
Las preguntas se dirigen directo al corazón de la justicia democrática, a sus exigencias y sus posibles limitaciones. Si aceptamos que el Estado democrático es al mismo tiempo un espacio de derechos y responsabilidades, no podemos contentarnos con las críticas abstractas al sistema. La complicidad de cada institución, de cada partido político y de cada persona adquiere una importancia decisiva.
La justicia en Colombia, es acomodaticia. Aquí parece que los abogados de acuerdo al poder económico y/o poder político de su defendido, teledirigen el pensamiento de los jueces en contra de la jurisprudencia y las leyes. Un ex fiscal general de la nación, que usó en su momento psíquicos (nombre dado a los brujos modernos) para ayudar a investigar y acusar a los presuntos responsables de delitos; que además se pre$ta para defender lo indefendible en el caso Colmenares y también funge de defensor de Petro es un claro ejemplo de lo que de allí sucede, y lo que a los abajo nos espera, como simples ciudadanos de a pie.
La cerecita de la vergüenza es el capítulo Petro, en donde todos los poderes toman partido al vaivén de la conveniencia política de su extracción o del cheque bancario. En este caso, siempre he opinado que habría sido más provechoso para la democracia haber dejado que el bogotano asumiera el dolor completo, sin importar que solo 3 de cada 10 bogotanos fueran responsables de tamaña estupidez. Pero, asi, saboreando las hieles de la amarga decisión se aprendería a no volverlo a hacer; como quien se quema con el chocolate no querrá volverlo a probar. Pero aquí estamos evitando que el proceso de aprendizaje ocurra, y le estamos dando plaza a un populista que sin importar el maltrato del lenguaje castellano, lo único que tiene es verbo. Parafraseando a su mejor amigo, debemos repetir hasta la saciedad que “un déspota de izquierda, por ser de izquierda, no deja de ser déspota”.
Hoy Uribe y Petro, uno por haber sido 8 años presidente y el otro por la sentencia de 15 años de inhabilidad de sus basuras (cagadas), están en la búsqueda megáfono en mano de sus Gemelos Fantasticos. Y nosotros esperando bajo la lluvia, que de verdad exista un Salón de la Justicia.
