El Síndrome de Procusto
Por Orlando Parga
La tendencia a desconocer la diferencia, a querer eliminar lo diferente; la intolerancia frente a las ideas de otros y pretender que se acojan a las propias, el recelo contra quienes sobresalen, el miedo a ser superado profesionalmente y la insana costumbre de atajar los logros de pares o colaboradores, se conoce como el Síndrome de Procusto.
El concepto hace referencia a la actitud egoísta de ciertos individuos en contextos profesionales u organizacionales, comúnmente por el miedo de ser superados por otros o pretender ser quien decide la medida de todas las cosas.
La historia deviene de un mito griego de la antigüedad que narra la existencia de un hombre llamado Procusto, un posadero que tenía su negocio en las colinas de Ática, donde alojaba a viajeros solitarios, a cuyas habitaciones ingresaba en las noches mientras dormían y les ataba las extremidades a las esquinas de la cama. Entonces, si la estatura del viajero resultaba mayor que la longitud del lecho, procedía a amputarle las piernas hasta que ajustara exactamente a esta longitud; pero si, por el contrario, la cama resultaba más larga que el viajero, entonces, mediante cadenas y pesos amarrados a los pies, procedía a estirarlo hasta hacerle alcanzar el largo de la cama.
El Síndrome de Procusto es pues lo opuesto a diversidad y al contrario define la concepción arcaica de la uniformidad y su consecuente intolerancia a la diferencia, ya que su pretensión consiste en amoldar o limitar a las personas al pensamiento propio, y no intentar reconocer la validez de las ideas de los demás. La vida es dinámica y emprendedora. De modo que adaptar es sinónimo de aceptar nuevos retos entrar en una dinámica de flexibilidad y de cambio.
El síndrome de Procusto o Lecho de Procusto retrata a las personas o colaboradores que no aceptan las diferencias, los cambios, solo en forma mezquina ven su propio punto de vista, aplicar su rasero al análisis de toda circunstancia o situación, no aceptan otra percepción de la vida y el trabajo, no se ponen en los zapatos de las otras personas, se dicen llamar tolerantes, pero no soportan que los refuten, tozudos e incapaces de delegar, y conviven en un anticuado recelo ante la posibilidad de que los reemplacen o sean más eficaces que ellos.
Entre tanto, el Lecho de Procusto define a una situación injusta y arbitraria, en la que existen individuos que al principio exhiben su mejor actitud y comportamiento, para luego dedicarse a someter y controlar a las demás personas bajo su mando y conseguir sus intereses y fines, igual como Procusto amoldaba a sus víctimas al tamaño de la cama.
Nuestros propósitos, fines y pensamientos deben ser grandes pero sin desconocer los de quienes están por delante de nosotros o los de aquellos que creemos menores a los nuestros, por el contrario dispuestos a enriquecerlos con sus aportes, para convertirnos en una empresa enorme y no en una idea mezquina o egoísta, porque engendramos un enano. Deberíamos quitarnos del argot de los diminutivos como mi casita, el carrito y la finquita.
En el mundo productivo, empresas y organizaciones, las personas con Síndrome de Procusto limitan o cercenan las capacidades, creatividad e iniciativas de compañeros, colaboradores, emprendedores o creativos, decididos a cortar la cabeza a quien sobresalga, por el temor a que queden en evidencien sus propias carencias o deficiencias intelectuales, profesionales o laborales.
El asunto no es relacionarnos o trabajar con personas que saben más que tú sobre temas específicos, pues nadie lo sabe todo, sino que la clave es saber gestionar ese talento, valorarlo, estimularlo, impulsarlo, aprovecharlo -no aprovecharse de él- y conquistar los propósitos corporativos u organizacionales reconociendo sus aportes.
Los verdaderos líderes entienden que la diversidad y la diferencia son tanto una necesidad y oportunidad de enriquecimiento como de aprendizaje para desarrollar estrategias que permitan alcanzar objetivos, propósitos, fines o causas.
