El retrato de un político
Por Álvaro Carrera
Que un hombre piensa conforme su origen social, es un postulado demasiado bondadoso para el alma humana. Por eso es difícil distinguir la sonrisa de un político poderoso a la del villano, satán o malevo. Maquiavelo, más honesto, describió el ego y la ambición como responsables del poder de los príncipes. Los ideólogos son expertos en mitos que la historia sepulta. La traición, suele ser el comienzo del éxito del poder. Del otro lado, el papel de los pueblos, es humillante. Controlados, manipulados, orientados por el contagio psíquico del volumen de las banderas, las consignas, las mentiras repetidas, estandartes y pancartas, las masas humanas terminan entregando su voluntad a mediocres pero sublimados caudillos y sus causas, creyendo en mitos y verdades a medias y generalizaciones (formulaciones ilusas de paz). El camino más corto para la codicia del poder en el mundo y nuestra región, es el populismo. Igual, sea de “derecha” o “izquierda”. Quienes se proclaman amigos del pueblo, sus protectores y redentores, terminan ocasionándole las peores desgracias. La humanidad los ha padecido pero lo olvida y no lo enseña a las generaciones nuevas. Stalin y Hitler, pueden ser el fenotipo apropiado. El sargento y el seminarista. Castrismo y Chavismo, son modelos vivientes. Abrazar y pactar con los enemigos de quien dejó en sus manos la defensa del Estado, en las circunstancias del país, es una de las mayores traiciones que se registra en vivo en la historia de Colombia. El caso es de un hijo del gran establecimiento; becado en virtud de su cuna para ejercer posiciones, cargos y vinculaciones privilegiadas, como lo fue la Federación de Cafeteros en su época esplendorosa, sin conocer un arbusto y con especialización gratuita en Europa. Que el sujeto traicione al amigo y a quienes lo eligieron, no tiene por qué sorprender. Esto lo dicta la condición síquica, no la razón. El poder agiganta el ego y la megalomanía, ésta muy propia del temperamento paranoide, y uno de sus atributos más persistentes. Corresponde en este caso, a los rasgos difusos del actor del pacto con las Farc. Es explicable entonces la rendición constitucional al código máximo de Timochenco, y la burla a la soberanía popular. También el engaño de codificar la redención del campo, con un presupuesto en ruina, poner en duda la soberanía en la lucha contra el narcotráfico y demás concesiones, también mentirosas porque una nación no puede renunciar ante una minoría ínfima a su autonomía para administrar su territorio, recursos, intereses e instituciones.
