viernes, 03 de abril de 2026
Opinión/ Creado el: 2014-05-07 08:02

El proceso de paz en Colombia

Dicen que la experiencia es la mejor consejera pero esta máxima no se aplica en Colombia a asuntos tan cruciales como la tormenta que nos flagela desde hace más de medio siglo.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | mayo 07 de 2014

Tenemos la insurgencia armada de trayectoria más prolongada de Latinoamérica con la infinita carga de dolor que esto significa para un pueblo descoyuntado hasta las vísceras, y portamos también los más largos procesos de paz de la región, todos planificados infructuosamente desde los años ochenta por los gobiernos de Belisario Betancourt, Virgilio Barco y Andrés Pastrana.

A fuerza de gotear sin esperanza, el campo colombiano se convirtió en una caravana arrasada de raíz. Y lo que es peor: el habitante de la ciudad se acostumbró a escuchar  las increíbles historias de desarraigo de alma y cuerpo de sus hermanos campesinos.  La sociedad, sin pizca de vergüenza, se alió con las pandillas armadas y la dirigencia pervertida, en un silencio cómplice, hipócrita e indiferente.

Son incontables las crónicas de horror, los episodios de irrespeto, la refinación de la tortura, la crueldad y la sevicia aplicados en la misma medida por esas hordas llamadas  de derecha o de izquierda contra el sector más indefenso de la sociedad colombiana.

El arrebatón de tierras  se degradó cada vez más con la presencia del más insaciable de los terratenientes: el narcotráfico. En este síndrome medieval de terratenientes y terrazgueros que nos identifica en todos los campos, calzó a la perfección esta nueva manera de  asestar la puñalada mientras se extiende la mano.

Por lo tanto, es asunto de vida o muerte tratar de llegar a una conciliación, plausibles los intentos al respecto de  algunos de nuestros gobernantes e imperioso el propósito concebido en este sentido por Juan Manuel Santos y su equipo negociador. Todos deberíamos apostar sin mezquindades al éxito de este proyecto que de salir airoso, nos haría colombianos de esperanza y sobre todo de derechos.

Lamentablemente, existen en Colombia voces con auditorio que intentan entorpecerlo mediante presagios infundados y negaciones apátridas. Ya Uribe, durante sus ocho años de experimentos fallidos, trató de someter a la guerrilla por la fuerza y hoy  pretende, paroxístico y obnubilado, arrasar  todo lo  que huela al Santos propositivo o en acción.

No se trata de reconocer al presidente virtudes imaginarias ni de reivindicar las fallas existentes en su ejecutoria dinástica y arrogante. Lo que está en juego es el presente y sobre todo el futuro del país. Ya es hora de deponer las armas que tanto daño han hecho a lo largo de un accionar torpe hasta lo increíble y oportunista hasta el exceso.