El proceso de paz en Colombia
Dicen que la experiencia es la mejor consejera pero esta máxima no se aplica en Colombia a asuntos tan cruciales como la tormenta que nos flagela desde hace más de medio siglo.
Tenemos la insurgencia armada de trayectoria más prolongada de Latinoamérica con la infinita carga de dolor que esto significa para un pueblo descoyuntado hasta las vísceras, y portamos también los más largos procesos de paz de la región, todos planificados infructuosamente desde los años ochenta por los gobiernos de Belisario Betancourt, Virgilio Barco y Andrés Pastrana.
A fuerza de gotear sin esperanza, el campo colombiano se convirtió en una caravana arrasada de raíz. Y lo que es peor: el habitante de la ciudad se acostumbró a escuchar las increíbles historias de desarraigo de alma y cuerpo de sus hermanos campesinos. La sociedad, sin pizca de vergüenza, se alió con las pandillas armadas y la dirigencia pervertida, en un silencio cómplice, hipócrita e indiferente.
Son incontables las crónicas de horror, los episodios de irrespeto, la refinación de la tortura, la crueldad y la sevicia aplicados en la misma medida por esas hordas llamadas de derecha o de izquierda contra el sector más indefenso de la sociedad colombiana.
El arrebatón de tierras se degradó cada vez más con la presencia del más insaciable de los terratenientes: el narcotráfico. En este síndrome medieval de terratenientes y terrazgueros que nos identifica en todos los campos, calzó a la perfección esta nueva manera de asestar la puñalada mientras se extiende la mano.
Por lo tanto, es asunto de vida o muerte tratar de llegar a una conciliación, plausibles los intentos al respecto de algunos de nuestros gobernantes e imperioso el propósito concebido en este sentido por Juan Manuel Santos y su equipo negociador. Todos deberíamos apostar sin mezquindades al éxito de este proyecto que de salir airoso, nos haría colombianos de esperanza y sobre todo de derechos.
Lamentablemente, existen en Colombia voces con auditorio que intentan entorpecerlo mediante presagios infundados y negaciones apátridas. Ya Uribe, durante sus ocho años de experimentos fallidos, trató de someter a la guerrilla por la fuerza y hoy pretende, paroxístico y obnubilado, arrasar todo lo que huela al Santos propositivo o en acción.
No se trata de reconocer al presidente virtudes imaginarias ni de reivindicar las fallas existentes en su ejecutoria dinástica y arrogante. Lo que está en juego es el presente y sobre todo el futuro del país. Ya es hora de deponer las armas que tanto daño han hecho a lo largo de un accionar torpe hasta lo increíble y oportunista hasta el exceso.
