miércoles, 15 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2015-06-17 06:19

El proceso de paz

Por Gloria Cepeda Vargas

Escrito por: Redacción Diario del Huila | junio 17 de 2015

El proceso de paz que actualmente se negocia en La Habana es reflejo de nuestra idiosincrasia. Después de más de medio siglo de indiferencia estatal y lucha armada infructuosa, la dirigencia del país entiende que ése no es el camino. Si lo fuera, ya estaríamos al otro lado.

A la mesa de La Habana  se sientan dientes, garras, abandonos seculares, miserias infinitas, venalidades vergonzosas. Es la compilación de todas nuestras indiferencias y de esta siniestra pompa de jabón donde viajamos gobernantes y gobernados. Eso por un lado, por el otro el intento  plausible del gobierno de cerrar mediante el diálogo un capítulo  que no obstante la depredación física y moral  infligida a Colombia durante más de medio siglo, se infiltró en nuestra cotidianidad y nos obligó a convivir con sus horrores y desvergüenzas.

Exigir a Juan Manuel Santos que solucione en poco tiempo lo que nació y creció durante más de  medio siglo y de manera monstruosa a la sombra de la indiferencia social y la impune comisión del delito, es utópico. De una organización nacida del abandono estatal, la guerrilla se convirtió en una horda despiadada donde todo crimen tiene asiento. Si a eso agregamos el desconocimiento que los habitantes de las ciudades tenemos  acerca del conflicto y la obsoleta calaña guerrillera  y en muchos casos desconocedora de lo que significa el derecho ajeno no solo en términos jurídicos sino en requerimientos humanos, deberíamos percibir que estamos abocados a un problema  de dimensiones y complejidades gigantescas.

Habría que empezar por el concepto de país que manejamos los unos y los otros. La guerrilla no es solo un contingente selvático, secuestrador, asesino y narcodependiente. Por encima de todo, constituye un grupo de campesinos armados en nombre de una ideología fracasada. Su vida ajena al  devenir urbano, configuró un arquetipo de conducta criminal y prédica mandada a guardar. Son entonces interlocutores con argumentos  y visión inválidos para la contraparte. Al otro lado de la mesa se sienta el establecimiento colombiano conformado por hombres acostumbrados a moverse en la otra selva, la de oficinas asépticas, componendas  cotidianas y oratoria incoherente, igualmente irregular e incomprensible para los adversarios. Dos visiones, dos discursos y lo más grave: dos mentalidades que tendrán que limarse, acomodarse, silenciarse y debatir oportunamente para arribar al  puerto. Son dos Colombias, cada una con su verdad prostituida; cada una con su dolor y su responsabilidad.

Enredados en sus propias y a veces inconfesables expectativas, la presencia de los diferentes grupos al margen de la ley, pasó de agache por mucho tiempo para la sociedad y la dirigencia del país, como siguen siendo noticias de segundo orden la violencia de género, el maltrato infantil y la desigualdad social. Entendamos  que este diálogo significa el intento de remover en una y otra orilla, mentalidades viciadas, podarlas, aderezarlas e intentar que florezcan. Sería la manera ideal de preparar el terreno para la secuencia más intrincada: la sembradura del post conflicto.  ¿Seremos capaces?