El proceso de paz
Por Gloria Cepeda Vargas
El proceso de paz que actualmente se negocia en La Habana es reflejo de nuestra idiosincrasia. Después de más de medio siglo de indiferencia estatal y lucha armada infructuosa, la dirigencia del país entiende que ése no es el camino. Si lo fuera, ya estaríamos al otro lado.
A la mesa de La Habana se sientan dientes, garras, abandonos seculares, miserias infinitas, venalidades vergonzosas. Es la compilación de todas nuestras indiferencias y de esta siniestra pompa de jabón donde viajamos gobernantes y gobernados. Eso por un lado, por el otro el intento plausible del gobierno de cerrar mediante el diálogo un capítulo que no obstante la depredación física y moral infligida a Colombia durante más de medio siglo, se infiltró en nuestra cotidianidad y nos obligó a convivir con sus horrores y desvergüenzas.
Exigir a Juan Manuel Santos que solucione en poco tiempo lo que nació y creció durante más de medio siglo y de manera monstruosa a la sombra de la indiferencia social y la impune comisión del delito, es utópico. De una organización nacida del abandono estatal, la guerrilla se convirtió en una horda despiadada donde todo crimen tiene asiento. Si a eso agregamos el desconocimiento que los habitantes de las ciudades tenemos acerca del conflicto y la obsoleta calaña guerrillera y en muchos casos desconocedora de lo que significa el derecho ajeno no solo en términos jurídicos sino en requerimientos humanos, deberíamos percibir que estamos abocados a un problema de dimensiones y complejidades gigantescas.
Habría que empezar por el concepto de país que manejamos los unos y los otros. La guerrilla no es solo un contingente selvático, secuestrador, asesino y narcodependiente. Por encima de todo, constituye un grupo de campesinos armados en nombre de una ideología fracasada. Su vida ajena al devenir urbano, configuró un arquetipo de conducta criminal y prédica mandada a guardar. Son entonces interlocutores con argumentos y visión inválidos para la contraparte. Al otro lado de la mesa se sienta el establecimiento colombiano conformado por hombres acostumbrados a moverse en la otra selva, la de oficinas asépticas, componendas cotidianas y oratoria incoherente, igualmente irregular e incomprensible para los adversarios. Dos visiones, dos discursos y lo más grave: dos mentalidades que tendrán que limarse, acomodarse, silenciarse y debatir oportunamente para arribar al puerto. Son dos Colombias, cada una con su verdad prostituida; cada una con su dolor y su responsabilidad.
Enredados en sus propias y a veces inconfesables expectativas, la presencia de los diferentes grupos al margen de la ley, pasó de agache por mucho tiempo para la sociedad y la dirigencia del país, como siguen siendo noticias de segundo orden la violencia de género, el maltrato infantil y la desigualdad social. Entendamos que este diálogo significa el intento de remover en una y otra orilla, mentalidades viciadas, podarlas, aderezarlas e intentar que florezcan. Sería la manera ideal de preparar el terreno para la secuencia más intrincada: la sembradura del post conflicto. ¿Seremos capaces?
