El policía debería ser como el médico o el cura
Diógenes Díaz Carabalí
El policía debería ser como el médico o el cura: desempeñar su oficio todo el tiempo; pero nuestros policías se hacen de la vista gorda, aún en servicio van por las calles desprevenidos, no se preocupan por las violaciones a la convivencia, la misma que constitucionalmente deben cuidar, sin necesidad de que quienes la violen vayan a parar a los estrados judiciales. Un llamado de atención de un policía, entre otras cosas respetada, podría ser suficiente para muchos infractores, por ejemplo los consumidores de droga que lo hacen en sitios públicos, los alcohólicos que duermen en las bancas de los parques, las prostitutas que se ofrecen en las esquinas, los vendedores que ocupan los andenes, los rebuscadores que estorban en los semáforos, el conductor que estaciona su vehículo en sitio prohibido.
Los Alcaldes en su ciudad, los gobernadores en su departamento, deben exigir de la policía el cumplimiento de su función preventiva. La policía debe salir de ese estigma de guerra para desarrollar su función civil. La mejor arma del policía es su acercamiento a los problemas cotidianos de la comunidad, constituye el hecho de sentirse protegida, cómoda en ciudades amables y convivibles. No necesitamos policías agresivos, déspotas, groseros, un enemigo más con que el ciudadano tiene que lidiar. Pareciera que tenemos que alertarnos contra el vicioso que expele humo de narcóticos en sitios públicos, los estorbos por las ventas ambulantes, la dificultad para la movilización por el abuso de los conductores, los pequeños delincuentes que van tras el bolso o la cartera, el celular o el pendiente de la dama.
Nuestra sociedad necesita un policía, desde luego, para prevenir y reprimir los grandes delitos y llevar ante la autoridad competente a los grandes delincuentes; igual la comunidad necesita ser protegida en su desenvolvimiento diario, en su desplazamiento a su lugar de trabajo, a su casa; que chicos y chicas puedan ir a la escuela o la universidad sin riesgo de participar de las trabas de los drogadictos, sin el espectáculo de los alcohólicos, sin el riesgo de perder sus implementos y sus útiles. El policía debe tener sensibilidad para prestar su labor, debe ser un trabajador social eminentemente.
Aunque no me gustan términos que se hacen cliché como post-conflicto, el policía debe responder a un entendido de la paz, a una sociedad que debe ser educada para la armonía, para el espacio sano de las personas, para la protección de los viejos y la defensa de la integridad de los niños, las mujeres y la sociedad en general. Quienes tienen que ver con construir una nueva sociedad de convivencia, deben hacer de la policía un instrumento para lograr el respeto mutuo de una sociedad tan amenazada y descompuesta por la pequeña delincuencia y el consumo disparado de sustancias en sitios públicos. Que el policía no tenga que esperar una orden superior para cumplir con su deber, esas pequeñas acciones deben surgir de su iniciativa, de su capacidad de solidaridad social, de su compromiso con su función social y, sin duda, nuestras ciudades serían más amables.
