El perdón, más importante que la pena
Diógenes Díaz Carabalí
En el “Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera”, o acuerdo de paz con las FARC EP, en el apartado de las víctimas se puede leer: “… podrán incluir escenarios públicos de discusión y reflexión o ceremonias culturales, para que quienes hayan participado de manera directo o indirecta en el conflicto, puedan hacer actos de reconocimiento de responsabilidad y pedir perdón (el subrayado es mío), en sus diversas dimensiones, tanto por el daño y el sufrimiento causado en las personas como por los impactos políticos y sociales de sus actos (…) entre otros. (numeral 5.1.1.1.4 del acuerdo), algo fundamental, si buscamos una verdadera reconciliación, con valor superior a cualquier medida de carácter económica o restrictiva para quienes causaron daño en la integridad física o moral de las personas, con motivo del conflicto armado.
Su trascendencia radica en que si el perdón está presente, si ese perdón está arropado por la sinceridad, facilita la reconciliación franca entre víctimas y victimarios, hace expedito el camino para una paz duradera y permite que nunca más pueda repetirse el conflicto. Ese perdón, escondido en una aparte casi inencontrable, puesto allí por la presencia de hombres de fe de todos los credos, es trascedente. Que los comandantes guerrilleros, que el Estado y todos los actores del conflicto reconozcan su actuación, y se alleguen a quienes han padecido las consecuencias de una guerra irracional, pidan un perdón sincero, desarman cualquier ánimo de venganza, aunque mantengan las consecuencias de haber pasado bajo los estragos de la guerra.
De allí que el perdón es tanto de mayor importancia que cualquier otro resarcimiento. Poner sobre las manos de las víctimas estos sesenta años de guerra desarma odios, así ellas manifiesten restricción e incapacidad de perdonar, porque el daño sufrido ha sido inmenso y nada recupera lo perdido, pero una voz sincera, un gesto de humildad y reconocimiento, desarma cualquier odio, se hace evidente la fragilidad de un ser asqueado por la violencia, lava las manos untadas de sangre, limpia las heridas fijadas en el corazón por las balas y las bombas. Éste país, que necesita tantas reconciliaciones; reconciliaciones por la categoría de ciudadanos de tercera dadas a las minorías; reconciliaciones por el desconocimiento de las capacidades de nuestras mujeres; reconciliaciones por el maltrato dado a nuestros campesinos, necesita comenzar a reconciliarse por una esquina, por la más expedita, por la paz.
¿De qué sirve una política de retaliación que ahonde en el odio y la diferencia? Es el tiempo de la reconciliación desde cualquier ideología, desde cualquier creencia, desde cualquier distancia, desde cualquier cercanía, más si la creencia nos lleva a ver en el otro su capacidad de odiar, que no es tan diferente a la nuestra. Sin duda, los crímenes son abominables, los daños irreparables, las consecuencias funestas. Ya la historia, como juez superior, compensará tales conductas en razón de cobrar deudas impagables. Pero el perdón contenido en los acuerdos, que se ha de manifestar en la vía de construir un nuevo país, cobra una capital importancia.
