El país que cuestiona
El país que se cuestiona, sigue siendo víctima de la más grande incertidumbre por un acuerdo de Paz,
que no se ve venir en los mejores términos, más allá que en la farsa y el engaño, luego de dos años de negociación y cuando las confrontaciones armadas entre los grupos en conflicto, siguen con toda intensidad, como si los diálogos, no fueran suficientes para un cese bilateral al fuego, para un cese de hostilidades y para ir aireando ese espacio que pueda abrir el camino para una etapa de postconflicto, fuentes entre las comunidades de un hálito de esperanza, un camino de luz, o una posibilidad de realización.
Mientras esto sucede, la corrupción sigue en sus anchas, conquistando el mundo invisible del enriquecimiento ilícito por parte de los funcionarios públicos y los contratistas por toda clase de proyectos, en los que los recursos del Estado, se siguen direccionando para continuar con el carrusel que aún no se desmonta de la contratación estatal y que la Administración de Justicia, está en incapacidad de resolver, cuando no ha podido unificarse en torno a la defensa de su institución, con un paro desarticulado que muestra a las claras, la forma como el Gobierno Nacional, logra utilizar la división interna de los movimientos, para sacar provecho de su incapacidad de gobernar.
En tanto, los procesos judiciales por toda clase de delitos, entre ellos la corrupción, siguen enriqueciendo el camino de la impunidad y de la injusticia en Colombia, siguen arrolladores en su paso, para distraer a la opinión pública, con un Proceso de Paz, donde el negocio de la guerra, es más rentable aún, y más esperanzador para nuestra corrupta clase política y que un proyecto de política judicial y criminal capaz de devolvernos la fe en las instituciones.
No se equivocan los críticos de éste proceso, cuando advierten los grandes vacíos y las interferencias que se presentan, sin explicación alguna, desde el seno de las Fuerzas Armadas, para llegar a afirmar que los últimos hechos que llevaron al cese unilateral de los diálogos, fueron marcados por un acontecimiento predeterminado, con el fin de propiciar un acto de Gobierno, que indicara la dureza y la rigidez de un mandato, frente a una situación que contrasta con un hecho heroico o de gran valor de las fuerzas subversivas.
Ese contrapeso de valores, esa estrategia en la guerra, es peligrosa. Se juega con un doble papel, en el cual, para contrarrestar la animadversión de medio país a dichas conversaciones, se adopta una posición rígida, de temple, y se hace alusión a toda clase de palabras de fuerza, como si se tuviera la osadía real de enfrentar el conflicto, como debe hacerse, en tanto se pretende aminorar sus implicaciones, para que por el otro lado, aparezca un acto de generosidad para hacer creer que se está dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias con dichas negociaciones con la entrega del botín de guerra y que ellas priman sobre cualquier acto de guerra.
Seguimos convencidos de que mientras el Gobierno Nacional, no se ocupe de los problemas primigenios de la violencia, mientras no se adopten mecanismos para combatir desde el Congreso de la República, todas las formas de corrupción y de bandidaje que se esconden y que han salpicado a otras instituciones del Estado, como la Justicia en Colombia, será imposible entonces desmovilizar a unos grupos armados, que no anuncian, ni siquiera en sueños, la dejación de las armas y la entrega de los bienes que conforman su patrimonio obtenido en la guerra.
El país por ahora, no tiene caminos de redención. La corrupción no tiene el más mínimo enemigo porque quienes la enfrentan son asesinados o terminan con el establecimiento, y se ha convertido con la impunidad y la injusticia, en los grandes derroteros de una sociedad que construyó un modelo constitucional, que no ha sido capaz de reconciliar, más allá de generar impuestos, de cobrar la gasolina más cara del continente, de no ofrecer sistemas de salud, educación, empleo y recreación, que hagan posible la solución de ese flagelo de la pobreza a la que estamos enfrentados, y que mientras exporta energía a los países vecinos, no la ha podido llevar a la costa pacífica, por seguir propiciando la sociedades elitistas, segregacionistas y de abandono en que se tiene a todo el país.
