El país de Jesús (I Parte)
Liberio Salazar Trujillo
La cultura de occidente se inte-gró con los elementos más valiosos de las civilizaciones e imperios del mundo antiguo: de Caldea y Me-sopotamia recibimos la escritura; de la Grecia clásica, la filosofía, la democracia, la arquitectura con sus estilos dórico, jónico y corin-tio, la escultura con el secreto de “la divina proporción”, y el culto al deporte con las Olimpiadas; de la Roma republicana, el derecho; y de los árabes la numeración y el sistema decimal. Pero, un pueblo especial, el que logró el más alto concepto de Dios como persona, como creador y como inteligen-cia, nos legó su religión: el pueblo de Israel, llamado también pue-blo hebreo y últimamente pueblo judío, el pueblo elegido por Dios El pasado 18 de abril, en su acostumbrada sesión de los mar-tes a las 7:30 p.m., en el Auditorio Hernando Artunduaga Paredes de la Corporación Universitaria del Huila Corhuila, los integrantes de la Tertulia El Botalón, dedicamos 2 horas a recuperar y reflexionar sobre “El país de Jesús”, su ator-mentada historia y su particu-lar geografía. Mientras la palabra “país” alude más al territorio que a los habitantes, las palabras “na-ción” o “pueblo” hacen más énfa-sis en la gente, en su historia, su cultura, sus tradiciones. Pero, para los israelitas, el territorio ha sido también el motivo de sus intermi-nables luchas.
Según su propia historia, (la Bi-blia), el origen de este pueblo se re-monta al siglo XIX a.c., cuando su primer patriarca recibe de Dios, la triple promesa de una descenden-cia numerosa, una tierra propicia y un Salvador o Mesías. Su traslado desde Mesopotamia hasta Canaán con su familia y servidumbre atra-vesando el Tigris y Éufrates, les da el nombre de “Heber” (hebreos,los que cruzaron los ríos). “Mi pa-dre era un arameo errante” dice Dt. 26, 5, indicando que venían de Aram, la antigua Siria. Uno de sus descendientes, Jacob (llamado por Dios Israel), abandona esa tie-rra en tiempo de hambruna, para descender hasta Egipto (entre los siglos XVII y XVIII ), en donde inicialmente son bien recibidos y alcanzan algún liderazgo hasta llegar a la realeza (en los anales egipcios figuran como los faraones hicsos o reyes pastores), pero lue-go pierden poder y sus numerosos descendientes pasan a engrosar la inmensa multitud de esclavos que durante 5 siglos ( del XVII al XIV a.c. ) sirven de mano de obra en las faraónicas construcciones que han resistido el paso del tiempo y llegado hasta nosotros.
Un carismático líder israelita de nombre Moisés, recibe de Dios en el siglo XIII la orden de devolver los 500.000 esclavos hebreos a la tierra de Canaán. Haber podido atravesar el Mar Rojo huyendo del poderoso ejército egipcio consti-tuye para ellos la evidencia de ser protegidos por el único y verdade-ro Dios (Yahvé, “el que es”, “el que existe por sí solo”), con quien se-llan en la península del Sinaí, el ya mencionado Pacto o Alianza, que en el castellano antiguo se tradujo luego, inapropiadamente como él.
“Antiguo Testamento”.
Cuarenta años en el desierto pre-parándose para desalojar de ese te-rritorio a los pueblos que lo habi-taban (los cananeos y los filisteos o palestinos )...
