El palancazo
Gabo ha dicho que al único escritor colombiano a quien podría ceder su posta es a Jorge Franco. Desde luego, en este país de envidias y cofradías, que un muchacho de Medellín se convierta en sucesor adoptivo del Nobel es una calaverada. Acusaron a Gabo de amnesia.
Sin duda hizo salir de casillas a los ortodoxos costeños que aspiraban convertir la patria de la guayaba en país autónomo, apoyados en el humor negro y el mamagallismo como si eso fuera lo único heredado del autor de “El Coronel...”
Pero Jorge franco se abre camino solo, con o sin la bendición del capo novelesco, con o sin la anuencia de contertulios de café al aire libre en pueblos de clima afiebrado y mar azul, creídos con derecho a calificar y descalificar bardos, más si provienen de intrincados valles y escarpadas montañas del interior de esta patria que desborda historias por contar. Franco, después de incursionar en la novela negra, por los vericuetos de la violencia utilizada, en forma paradójica, precisamente para vivir, obtiene el premio Alfaguara de novela. Pese a la maliciosa adjudicación del premio, de todas maneras, Franco hacer meritoria la obtención, no por la novela específica con que es distinguido, sino por los antecedentes de su obra, muy meritoria.
Sin duda los palancazos son útiles, o los descréditos en favor de obra o autor, pero en fin de cuentas el trabajo del escritor lo consagra. Descréditos memorables, por ejemplo, el de Lope de Vega a Cervantes. El viejo fraile no podía ver al manco de Lepanto (y para completar manco), por los contenidos ‘vulgares’ de la literatura de este último, una protesta radical al modelo de la monarquía, en una España en crisis después de la guerra con los moros, respuesta a la nueva construcción ibérica surgida de la raíz del pueblo asentado en culturas de múltiples influencias.
Juan Manuel Roca ha señalado a Felipe García Quintero como gran promesa de la nueva poesía nacional, y García Quintero responde con lujo al palancazo. Como no es gratuito, por culpa de nuestro deporte preferido, la envidia, el rostro de muchos se contrae incrédulo, otros se interrogan porque no los mencionan, pero García Quintero enseña su obra que filtra entre los finos cedazos que deciden la trascendencia, aunque muchas veces el objeto del palancazo fallezca de rubor.
En mi caso particular, que Jorge Eliecer Pardo me ponga a prologar un libro homenaje de su novela “el jardín de las Weisman” al lado de Benhur Sanchez o Álvaez Gardeazabal, incomoda por el inmerecimiento. O que José Luis Díaz-Granados mencione en público nuestro humilde trabajo, hace sonrosar y sentir la pesada obligación de golpear las teclas del computador todos los días, no para ganar el Nobel, sino para testificar que algo tenemos que decir de este pedazo de la historia que en suerte nos toca vivir.
Ojalá frente a la historia, frente al lenguaje dinámico que se construye a diario, no por las academias, mucho menos por la Real Academia de la Lengua, nuestro trabajo trascienda más allá de la sencilla emoción que produce ser mencionado, un palancazo, un premio superfluo que como en un Reality hace entrar al escritor al Staff de nuevos millonarios, y en nuestro caso nacional de secuestrables y chantajeables.
