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Opinión/ Creado el: 2015-02-14 06:28

El país que soñamos

Por Amadeo González Triviño

Escrito por: Redacción Diario del Huila | febrero 14 de 2015

Nunca perdemos la esperanza. Nuestros sueños siguen vigentes. A pesar de la realidad y del dolor y de la tragedia de Patria que vivimos, tenemos la confianza en que llegue ese día del cambio, de la renovación, del reconocimiento del otro, de la institucionalidad, del respeto y de la convivencia pacífica entre todos.

En este momento, ni un acuerdo exitoso en la Habana, nos devuelve la confianza en el gobierno nacional. Pues se ha advertido hasta la saciedad que el índice de criminalidad, de impunidad y de carencia de resultados en la búsqueda de la Justicia, es uno de los principales, sino el más trascendente de los hechos generadores de violencia y de malestar social que se viven. No desconocemos que la subversión no supera en tales índices el cinco por ciento de los hechos delictivos que suceden en Colombia, y por tanto, dialogar con ellos no es lo prioritario. Dónde está la política criminal que nos rescate del noventa y cinco por ciento de los delitos comunes que se quedan en la impunidad total?.

Es hora de enjuiciar a la clase política. Es hora de adelantar conversaciones del más alto nivel con el pueblo, elector primario, para depurar las costumbres políticas y de corrupción que se han enquistado en todas las esferas de la nación, tanto en lo público como en lo privado. Es hora de enjuiciar a los responsables y llevarlos al paredón de la infamia que tanto han evadido.

Se requiere que el pueblo entienda la dimensión de su papel histórico e inicie ese proceso o mejor, ese juicio de responsabilidad histórica contra sus dirigentes y los llevemos de una vez por toda, a la muerte política que se merecen.  Es necesario no un golpe militar, un golpe político desde lo más puro de la racionalidad para encauzar realmente los procesos que lleven al escarnio público a la clase política y sus secuaces que han generado y propiciado ese estancamiento social, humano e institucional que nos arrasa.

La masacre de niños en el Caquetá es síntoma de la inoperancia de las autoridades. Vaya usted a una Fiscalía a poner en conocimiento un hecho punible, o como se dice, formular una denuncia o a buscar en un Juzgado una protección de sus derechos, y se encuentra con seres amorfos, con personas que desconocen la dimensión del papel que juegan en sociedad, seres que no conocen el entorno social donde se encuentran y que los entes de control, protegen entre sí, como se protegen ellos de su propia inoperancia. Todo es un caos, una inseguridad total.

Somos una sociedad que ha convivido con el crimen desde las más altas esferas del poder público, que ha salpicado todas las campañas políticas y que hemos tenido dignatarios que han superado en crímenes de lesa humanidad a dictadores tan temibles como el mismo Pinochet, en tiempos mucho menos cortos que los de su mandato, pero nadie asume su rol y su papel, en el desenmascaramiento de ese tipo de delincuentes que siguen cautivando con la palabra, con la grosería y con el delirio de poder, y todo lo que tocan lo van contaminando de una epidemia que termina por invadir lo poco bueno que nos queda.  

Esperamos que haya funcionarios públicos que algún día entiendan que la función pública debe ser transparente, pulcra, libre de los vicios de la vida moderna y sobre todo, que vaya en servicio de las comunidades.

El Juicio de Responsabilidad histórica queda abierto. No vale ni el perdón, ni el olvido. Debe ser implacable y duro. Así son las responsabilidades contra los criminales, así debe ser como se construye una patria, luego del abandono y la corrupción que nos tiene cercados. Es hora de tomar partido y soñar con una patria nueva, revitalizada y sobre todo, humana.