El Origen de la Abogacía
Tomás Andrés Murcia Olaya
Le debemos a los griegos la filosofía occidental, el teatro, la democracia y otras cosas, entre las cuales no es la menor la institución de las “escorts”, “acompañantes” o, para decirlo en griego, heteras o hetairas, traducido: “compañeras”. Tratábase de señoritas de moral elástica, obviamente hermosas e inteligentes. Una de las más famosa hetairas, Friné se dedicó al rubro artístico. Pintores y escultores. Época de efervescencia artística en Atenas, había pintores y escultores por todas partes. Friné no careció de clientes por un largo período.
En realidad, Friné era un apodo. Su verdadero nombre era Mnêsaretế, que significa ‘conmemoradora de la virtud’. Frecuentemente los padres son singularmente ciegos al dar nombres a sus hijos. En este caso, el nombre original fue totalmente inadecuado.
Sirvió de modelo al escultor Praxíteles, el más famoso y cotizado de la Grecia clásica, e inevitablemente terminó siendo su amante. El escultor pensó que con eso se ahorraba los honorarios de modelo, pero calculó mal. En una oportunidad Praxíteles quiso retribuir sus “servicios” regalándole una de sus estatuas, a elección. Friné no sabía nada de escultura, pero ideó una trama. Sobornó a un esclavo para que entrara despavorido gritando: “¡se incendia el taller!” Praxíteles exclamó: “¡¡salven al Eros!!” Así supo Friné cuál era la estatua más valiosa y, por supuesto, eligió el Eros. Más que inteligente, la fulana era astuta.
Pese a todos sus méritos, Friné pasó a la posteridad gracias a su abogado. Sucede que tanto le llenaron la cabeza a la niña que empezó a comparar su belleza con la de Afrodita. Las autoridades se enteraron y le sacudieron una acusación por impiedad. En esos tiempos, eso era cosa muy seria, que le podía costar una condena a muerte. Praxíteles contrató a Hipérides, famoso abogado y orador. De nada le valió su elocuencia al defensor; los jueces no estaban nada convencidos. Hipérides, buen observador, notó que los magistrados pedían la cabeza de Friné, pero también ansiaban el resto de su anatomía, bien viva si era posible. En consecuencia, el hábil abogado argumentó que sería un crimen privar al mundo de una belleza incomparable como la de su defendida, y ahí mismo le sacó la túnica de un tirón. Gritos y aplausos en las tribunas y miradas nostálgicas y soñadoras de los ancianos jueces. Obviamente, fue absuelta. No se mencionan los honorarios del abogado, pero podemos imaginarlos.
