sábado, 11 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2016-12-15 09:03

El Nobel

Diógenes Díaz Carabalí

Escrito por: Redacción Diario del Huila | diciembre 15 de 2016

Una cosa hay que reconocer en el presidente: que se jugó todo su capital político por lograr un acuerdo con la guerrilla más antigua del mundo; una vergüenza social y de nuestra democracia mantener un conflicto durante tantos años después de muchas víctimas, más de 220 mil muertos, 8 millones entre desplazados, refugiados, exiliados, encarcelados, cifras que superan con creces las guerras más sonadas de los últimos tiempos, la de Siria, por ejemplo, lunar para el hemisferio y el mundo; por eso, jugársela por la paz, por la reconciliación, era necesario y alguien tenía que asumir el costo.

Nosotros tenemos vergüenzas que nos ponen en nivel de país paria: muerte de niños por desnutrición en la guajira, alarmante tráfico y consumo de drogas, no solucionar el problema de niños y adultos que viven en la calle, vagabundos que el lenguaje disfrazador de nuestros burócratas ha dado en llamar “Habitante de calle”, altísimo índice de informalidad de muchos nacionales; confirma que estamos en un estado inviable, con un profundo peligro de caer en un populismo que nos conduciría a situaciones peores, no el castro-chavismo cacareado desde los más reaccionarios. Este modelo de democracia ha estado alertando con su inviabilidad, que la mente estrecha de quienes se aprovechan del sistema, el tipo de política enraizado en este disfraz de estado social de derecho, nos lleva a la peor de las inconciencias, sustentado sobre el mediatismo.

Construir un proceso de paz, que permita la reconciliación después de una matanza longeva, es un logro importante; solo por eso el presidente Santos es merecedor del Premio Nobel, lograrlo frente a la radicalidad de sectores determinantes de la vida nacional, en medio de una confrontación verbal sin antecedentes, con el riesgo de una segura muerte política en un medio que se sustenta de nombres y famas más que de logros, sumamente peligroso y de pago altamente costoso. Ni siquiera justificado frente a los depredadores, por los tiempos de paz que han soplado desde cuando la guerrilla decidió parar los disparos, silenciar los fusiles.

Parar la guerra en Colombia era de vital importancia. Para dedicar esfuerzos a corregir otros aspectos que ensucian la democracia colombiana. Fue tal, sin duda, lo que el comité del Nobel tuvo en cuenta. Que el presidente, con terca actitud, haya tomado la determinación de solucionar el conflicto, en juro de su propio prestigio, y de la pérdida de sus antiguos amigos, que por nada del mundo le perdonan haber pactado con una guerrilla comunista, una paz que solo la historia podrá dar la razón, por el fantasma que el hecho agita entre las sábanas ultra-reaccionarias, acostumbrados a eliminar a todo aquel que se oponga a sus dictados y preceptos. Lo que nos deja el hecho de que mientras no aprendamos a tolerar a quien piense diferente, a quien tenga otra visión del mundo, de la democracia, de la política, no podremos reconciliarnos, y que podemos discutir nuestras diferencias sin el poder de las armas y sin eliminar al contrario, así aseguren que el resto nos vamos al infierno.