El miedo a la paz
Jhon Jairo Trujillo
Nuestra historia nacional ha estado marcado por el miedo, por la cultura del temor, por la impavidez colectiva ante los grandes desafíos. El fantasma de nuestras atrocidades y benevolencias serviles han absorbido nuestras fuerzas e ilusiones, la continua adulación a lo normal y lo tradicional, nos han condenado a un pasado incesante, denigrante e insensible a la superación de los cerrojos mentales, que constituyen la garantía cobarde de la eternización de nuestros pesares.
El miedo a la creencia a una auténtica emancipación nos condenó a una “boba” independencia, el miedo a la democracia y la pluralidad política fue el motivo de una guerra civil de mil amaneceres, y esa maldita guerra, el motivo de un miedo evaporado llamado Panamá. El miedo a la justicia social derramó la sangre de un hombre llamado pueblo, y una Bogotá triste y enlutada, encontró en la violencia la purga fatídica de un irrevocable asesinato. De nuevo el miedo a la organización de la “pobre gente” y no responder con reformas radicales frente a su precaria existencia, les hizo entender erróneamente el poder como un Frente enajenado por sus dos colores de la vergüenza. El miedo a lo rural y lo lejano, creó otras repúblicas, otras armas, otros combatientes, otras guerras, otras lágrimas derramadas en este país de fosas.
La construcción de la paz implica romper el miedo a la tolerancia política, al sacrificio de los postulados de la venganza por la alternativa del dialogo, a resolver las desigualdades anacrónicas de lo rural, a plantear un modelo de desarrollo basado en la obtención de libertades sustanciales, a entender el conflicto armado como un fenómeno complejo, y por tanto, carente de soluciones simplistas y cobardes como la guerra. Me niego a creer en la maldición de los fracasos, en la acumulación infinita de arrepentimientos colectivos, aborrezco la terrible posibilidad de nuevas generaciones masacradas moral y físicamente por la espanto de una guerra detestable.
El miedo a la paz es aún más deprimente que la guerra misma; porque esta se nutre de héroes de papel, de enemigos compartidos, de patriotismos oportunistas, en cambio la paz, al ser más compleja y radical, por ser la manifestación sublime del significado de la humanidad y del entendimiento colectivo, se es más fácil de ignorar y desconocer; y por tanto de asumir.
El miedo no puede ser la identidad de un pueblo, a pesar de un pasado ruin y despiadado. Es la importancia del cambio y su formidable magia la que genera nuevas perspectivas, renovadas ilusiones, el deseo de grandeza. Anteponer la valentía a la resignación, se convierte en el compromiso de toda persona con una pequeña noción de aprecio al país. Allá afuera, en el resto del mundo, están sucediendo cosas maravillosas, en la ciencia, en el arte, en el desarrollo social y no podemos dormir en los laureles de la incauta admiración foránea. ¡Sustituyamos el miedo por la creencia verdadera en un nuevo proyecto de nación!
