jueves, 16 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2015-04-01 07:08

El meollo de la cuestión

Por Gloria Cepeda Vargas

Escrito por: Redacción Diario del Huila | abril 01 de 2015

“El que tiene un poder y por ese poder carece de todo control, tiende al abuso. Es necesario el control de poder, del poder político, del poder del Estado y de un control que solo pueden ejercer aquellos sobre quienes se ejerce ese poder y no solamente los amigos que él nombra para que no lo controlen y que los destituye si lo hacen. Es decir, se requiere un control efectivo”. Autor: Estanislao Zuleta.

Si el ser humano hiciera un alto y dedicara algunos minutos a contemplarse a sí mismo, el mundo se reivindicaría. No serían indispensables leyes que nadie cumple, palabras que nadie oye,  folios que nadie entiende y a ninguno interesan. En pocas palabras: sin presiones inventadas por nuestra impotencia y lejos de esta fábula espeluznante en que hemos convertido la vida, entenderíamos a qué vinimos y que significamos en el rodar del tiempo.

“El elogio de la dificultad” del maestro Zuleta compila lo que necesitamos interiorizar. Si así fuera, la civilización y hasta el concepto de democracia no precisarían grafismos ni palabras para erguirse nítidamente en el abismo de la noche. Porque solo la verdad entendida y practicada a conciencia, nos hará seres pacíficamente convivientes.

El pensamiento de Zuleta, rico en el análisis social e histórico de América Latina, enfatiza en el peligro que representa el poder omnímodo. Somos demasiado pequeños, oscuros e inermes para administrar con acierto ese campo minado. Terminamos flotantes y lejanos. La arrogancia –una de las señales inequívocas de lo patético de nuestras miserias- aparece y el terrible concepto mesiánico, interiorizado hasta las vísceras, nos convierte en paradigmas de irracionalidad. No hay nada más letal que el poder y el dinero salidos de madre. La larva y el esbozo son apenas proyectos en un plan que escapa a la comprensión de lo que llamamos razonamiento humano.

¿Qué cifra representamos en esta ecuación majestuosa que reta el vacío sin inmutarse? ¿Por qué nos estrellamos intentando volar como Ícaros empecinados? ¿Qué ingrediente  nos falta para descifrar la insignificancia de nuestros recursos, lo vano de nuestro jadeo, la nimiedad de nuestros egoísmos?

Quizá la necesidad de trascender nos hace tan patéticamente arrogantes. Bajo el traje bien cortado y el zapato “de marca” no hay más que podredumbre en potencia. De ahí los Hugos Chávez, los Álvaros Uribes, los Preteles, los Fideles, los Pinochets; de ahí los daltónicos, ciegos, sordos o cerrados como  globos a punto de estallar. De ahí la desvergüenza vestida de frac, la hipocresía de los arreos militares y religiosos, la incongruencia entre el decir y el proceder. Semejantes a esos taita puros  de tripas detonantes y periplos efímeros, brillamos un minuto para disolvernos en un rastro de humo.

Las reflexiones del pensador de ley que fue Estanislao Zuleta, deberían haber saltado del papel al entendimiento hace rato. Sus conclusiones, hijas ante todo del sentido común, constituyen uno de esos extraños aciertos en el jeroglífico propuesto a la indefensión humana. “Amamos las cadenas, los amos, las seguridades, porque nos evitan las angustias de la razón”, dice. Quizá por eso elegimos tanto ladrillo hueco para construir nuestra casa y cambiamos  la  libertad, por la cómoda inercia del pensamiento.

Concluyamos: No es el poder el culpable, son el egocentrismo del ombligo. La facilidad con que hacemos agua en este viaje navegante. La erección solo física, la arrogancia que siglos de infortunio no han conseguido eliminar.