El infamante rostro de la guerra
Hace unos días encontré en los medios de comunicación el escalofriante relato de un profesor y un estudiante de sicología, violados por dos paramilitares en una de las tantas veredas sin Dios ni ley que existen en Colombia.
Tradicionalmente la mujer es casi única víctima de la infamia mayor que puede inferirse a un ser humano. Ella es la piedra de moler más socorrida en este acto que, como las cucarachas, pervive y se reproduce.
El relato de estos dos hombres me estremeció: llanto, destrucción de identidad sexual, vergüenza de los músculos, ruptura de las vísceras, sensación de asco, de suciedad, derrumbe de esa armazón que unos llaman dignidad y otros hombría, “Hubiera preferido que me mataran”, dice una de las víctimas aludiendo a los dos criminales orgullosos de sus testículos hipersimbólicos.
Un 51% de las víctimas del conflicto armado, son mujeres. ¿Y el resto? Blindada por un silencio impenetrable, la violación masculina hiberna bajo una montaña de prejuicios forjados por el instinto que a veces se permite pensar. Hasta agosto de este año, la Unidad de Víctimas tenía registrados 650 casos de violencia sexual perpetrada por paramilitares, guerrilleros y Fuerza pública en hombres, la mayoría afrodescendientes entre los 27 y los 60 años de edad. Son víctimas invisibles de un vejamen no esperado en este mundo de pelo en pecho. Desgarramiento en el prontuario machista que nos cierra la puerta. María Helena Wills, investigadora del Centro de Memoria Histórica, dice al respecto: Hacemos trabajo sobre violencia sexual en los Montes de María, Magdalena y La Goajira; tan solo encontramos dos casos de hombres en el Magdalena, ambos se suicidaron. El subregistro debe ser muy alto.
El sexo es un ente puro como todo fenómeno de la naturaleza. Su ejercicio voluptuoso y magnífico, acorde con las corrientes subterráneas y la danza astral, se ve degradado solo por el morbo y la violencia del animal “racional”.
Este conflicto ha sembrado dolor a diestra y siniestra en su más de medio siglo de existencia. El ardid donde nos petrificamos desde el clarear del mundo, se ramificó monstruosamente hasta convertirse en verdugo de sí mismo. La violación de nuestras mujeres, por tradicional, no despeina a nadie. La evaluación humana, social y política que nos conceden los usurpadores del poder en Colombia y su momificada sociedad, encuentra la mejor expresión en la apatía y crueldad con que se mira a la mujer violada.
¿Y el hombre profanado? No se nombra porque en este sube y baja de egos hipertrofiados, el macho vulnerable no ha nacido y por lo tanto no existe. Quizá para ellos, tan alienados como nosotras, su tragedia sea peor que la nuestra. Un “silencio en la noche”, como dice el tango, les impide hablar. Deben decodificar su tragedia en absoluta soledad. A nosotras se nos pisotea la dignidad, a ellos se les derrumba el oráculo.
