El idioma y su gracia
Por Gloria Cepeda Vargas
El 23 de abril, aniversario del fallecimiento de Cervantes, se conmemora el Día del Idioma.
Contamos con la suerte de hablar en bella forma. Nuestro idioma, originario de Castilla y expandido inicialmente en las graves o salerosas tierras peninsulares, como por arte de birlibirloque, surge envuelto en burdo ropaje para después crecer vestido con los aditamentos venidos allende las fronteras de entonces y erguirse hoy con la seguridad que dan trasiegos, expediciones y vigilias constantes.
Miguel de Cervantes pulió su arista en los caminos de La Mancha y Teresa de Ávila definió su grandeza sobre piedras y meditaciones seculares. Penosamente al principio y luego lleno de gracia y señorío, expresó las angustias de la Iberia batalladora. Castillos y templos, donde los pueblos calcinados por el fuego de la religión y de la guerra sembraron su tradición oral, hoy son motivo de asombro. Fue en Lope de Vega ardor cubierto por estameñas áridas y desplantes amatorios; catarata o cúpula barroca en Góngora, flexible vocablo en Quevedo, luz mística en San Juan de la Cruz. Grito de rebeldía o yunque de vasallo en las murallas medievales, burda expresión en soldados y abates, síntesis de grandeza en el verbo inflamado de oradores sagrados. El Siglo de Oro lo singularizó y legiones trashumantes lo enriquecieron con jergas tabernarias y vocablos camineros. Profundo sin desdeñar lo que de seductor tiene el barniz, depurado hasta la excelsitud sin olvidar la esencia, universal e individualizado, soez y puro, grande y pequeño, plasma con elocuencia esa amalgama desconcertante que define la comunicación verbal.
Durante casi ocho siglos se abrió para asumir el aporte arábigo. Giros casi palpables y llenos de una melodía acongojada, vigorizaron su ramaje. El árabe le entregó con su arquitectura de arabescos, fuentes, patios y minaretes, un aporte oral inapreciable. El idioma se dulcificó con esta nueva manera de cantar. La letra hache, erguida en la cintura de fonemas gustosos, confirió nuevo ritmo a las viejas palabras.
Este río de piedras multicolores, desembocaría en el mar de la poesía andaluza. Y fueron entonces: Antonio Machado delirante en las arquerías de “un patio de Sevilla”, Miguel Hernández, hundido tras las rejas de una cárcel fascista, García Lorca, el andaluz de Antoñito y Preciosa, Juan Ramón de humo y sol, Aleixandre, Cernuda, Alberti, donde el mar no deja de clamar, sin olvidar a Bécquer, detenido para siempre en el ala de una golondrina.
En la voz de estos hombres el idioma español creció hasta hacer suyo el ámbito sonoro. Clamor forjado a golpes de martillo, doblegado en la espalda del galeote, restallante en el látigo del amo, adulterado en la queja del esclavo bozal, adoptado a regañadientes por el indígena, amado hasta el delirio por el conquistador, esgrimido como herramienta casi única por el estudioso y el sabio. En su vientre germinó una raza renovada con la savia venida de ultramar. La gracia intocada lo engendró y lo hizo gallardo en el talante de caballeros andantes, faenas de tronío e ideales profesados más allá de la muerte.
En el mar tenebroso llegó con las carabelas descubridoras para sembrarse y ramificarse en tierras de América. Aquí se convirtió en un híbrido garboso que unió en su acento de maíz y de azúcar la miel de las tierras primigenias y el deslumbramiento de los nuevos tiempos.
Hoy una lengua hablada por infinito número de pueblos jóvenes y no tan jóvenes, hierve en el hechizo de los desenfadados escritores caribeños o parpadea en el acento cauto de los hombres del sur.
Y sería Juana de América, fiel exponente de este mestizaje, quien diría de su plenitud delirante en el “Elogio a la Lengua Castellana”: “¡Oh lengua de los cantares!/ ¡Oh lengua del romancero!/ te habla Teresa la mística/ te habla el hombre que yo quiero!/ Lengua en que reza mi madre/ y en la que dije: “te quiero”/ una noche americana/ millonaria de luceros/ Lengua de toda mi raza/ habla de plata y cristal/ ardiente como una llama/ viva cual un manantial”.
