El fin de la política
Germán Alfonso López Daza
En su sentido originario, la política se consideraba como una actividad humana que estaba dirigida al ejercicio del poder para la toma de decisiones encaminadas al bienestar colectivo, con la intención de resolver o minimizar el choque entre los intereses contrapuestos que se producen dentro de una sociedad. Dicho término ganó popularidad cuando Aristóteles desarrolló su obra titulada La Política.
Hoy día ese significado inicial se ha ido perdiendo al punto de que el común de la gente equipara la política con corrupción, clientelismo, nepotismo, abuso del poder, beneficio personal, etc. Mientras la política tiene la noble misión de buscar el interés general y el servicio a los demás, la politiquería -degeneración de la política- es el aprovechamiento egoísta del poder o de la posición pública para fines personales como el lucro.
En época electoral se atrincheran en las campañas políticas, benefactores aparentemente desinteresados que le apuestan a uno o varios candidatos con el fin de que su inversión se vea multiplicada con recursos, contratos y favores del Estado. Y gran parte de estos aportes son velados y no reportados en los libros contables de las campañas, con lo cual la mayoría de ellas se vuelan en sus topes ya que muchos de estos son en especie.
Es por ello que hoy día la finalidad de la política no es la búsqueda del bien común ni la elección de los mejores y más capacitados, sino la actividad que busca el bien particular, el lucro desmedido y la incrustación y permanencia ilimitada de las castas politiqueras en los cargos públicos.
Esa percepción ciudadana es alimentada periódicamente con los escándalos que se descubren y que involucran a reconocidos políticos del nivel local y nacional, que en campaña abanderan la “lucha contra la corrupción y la búsqueda del bien común” (frases de cajón).
Y con efecto dominó, esto origina más incredulidad e indiferencia de la ciudadanía, así como aumento en la abstención electoral e incapacidad de los órganos de control para luchar contra la hidra de mil cabezas que se rehúsa a morir, pues cuando se cree haber acabado un escándalo de corrupción, aparecen dos más.
(Dir. Grupo Nuevas Visiones del Derecho – USCO).
