El filo de la lengua
Orlando Parga Rivas
Existen seres humanos que parecieran querer destruir el mundo, desde la óptica de la edificación y construcción de la sociedad, a través del músculo que sirve para la comunicación entre las personas. Por ejemplo, en el mundo laboral encontramos trabajadores que atentan contra la estabilidad de las empresas a punta de murmuraciones y chismes, creando un caos en el ambiente laboral. Ese empleado murmurador y ocioso no deja con prestigio a nadie y su único fin es terminar con todo. Y ni qué hablar del ámbito social, la esfera pública y el entorno vecinal o familiar.
En muchas ocasiones los matrimonios se acaban, se disuelven y se destruyen por escuchar chismes y difamaciones falsas, y aún por cuenta de `verdades´ a medias, distorsionadas, exageradas o injustas. Igual ocurre entre familiares cercanos o lejanos, vecinos, políticos y líderes de opinión, gobernantes y opositores, santistas y uribistas -a propósito del proceso de paz.
Porque nadie tiene derecho a juzgar a nadie, sino sólo Dios. Ya el Padre Rafael García Herreros lo expresaba: "Por un chisme, se puede acarrear un irreparable daño a un hogar o a una reputación". Y nuestro fallecido Nobel de Literatura Gabriel García Márquez graficó perfectamente el poder de sugestión de un rumor en el cuento "Algo muy grave va a suceder en este pueblo" , narrado en un congreso de escritores, relato en el que todo un pueblo termina preso y víctima de la invención de una mujer.
Hay personas que parece no tienen otro oficio que el de llevar y traer chismes de casa en casa... Son ordinariamente personas incapaces de sostener una conversación interesante, que no sea la interminable letanía de los chismes de la semana. De cualquier cosa, desde los asuntos más relevantes para una comunidad hasta de las cosas más inocentes.
Perdemos tiempo valioso en la difamación, hacemos corrillos a diario únicamente para dedicarnos a desdibujar la honra y el honor de las personas. Las dejamos por el piso como aporte al grano de la destrucción de la sociedad y de paso nos convertirnos en caníbales devorando la credibilidad de una empresa, un proceso, una persona, etc. El Papa Francisco lo ha reiterado continuamente, “La habladuría es despellejarse ¿eh? , hacerse daño unos a otros. Como si quisiera disminuir al otro, ¿no? En vez de crecer, hago que el otro sea denigrado. Es un poco el Espíritu de Caín: ¡asesinar al hermano, con la lengua… " Y más acá, el Padre Estaban Amaya sentenciaba que el chisme es producto del ocio o la falta de oficio que nos lleva a hablar de más.
A veces llega la retractación o el arrepentimiento de lo que se ha dicho o mencionado de una persona, pero cuando ya se ha cumplido su cometido, cuando ya el daño está hecho. ¿Cuántas personas aguardan en cárceles del país a que un juez determine si una acusación o señalamiento es falso o ajustado a la verdad? ¿Cuántas relaciones de pareja se han destruido como consecuencia de las habladurías y los rumores? ¿Cuántas empresas se han venido a menos resultado de los ruidos, las mentiras y las maledicencias de empleados inútiles?
Jesucristo lo dijo con vehemencia: " ...Porque de la abundancia del corazón habla la boca" , Mateo 12:34. El pasaje bíblico nos advierte que lo que abunda en nuestro interior, tarde o temprano, con menor o mayor frecuencia, se reflejará en nuestras expresiones, en nuestras conversaciones y, como puede esperarse, en nuestros actos. Si la abundancia del corazón es el odio y el rencor, el fruto no ha de esperarse sino resentimiento e inquina.
No nos prestemos para las murmuraciones, no agrandemos el círculo de las animadversiones y enemistades, dejemos de una vez por todas la manía de ensañarnos con el honor de las personas e iniciemos con las construcción de buenas prácticas de amistad y sinceridad. Y tampoco demos crédito a lo que no es evidente o veraz, confirmemos, comprobemos porque las suposiciones o los prejuicios han sido la chispa de las peores enemistades, confrontaciones o guerras. Empecemos a dominar nuestra lengua hasta llegar a ser capaces de callar un chisme sabido o detenerlo en nosotros.
