domingo, 12 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2016-07-20 07:13

El desbordado río

Gloria Cepeda Vargas

Escrito por: Redacción Diario del Huila | julio 20 de 2016

La noticia con imagen incorporada, le dio la vuelta al mundo que vio asombrado cómo un río de cabezas, de brazos, de piernas expectantes  se elevaba desde Venezuela e inundaba los puentes Simón Bolívar y  Santander para desembocar en los mercados y farmacias de Cúcuta buscando con desesperación un paquete de harina, un kilo de azúcar, un medicamento para paliar la enfermedad o conjurar la muerte.

Como “multitudinario e impresionante” calificaron los medios de comunicación el caudal de venezolanos jóvenes, niños y hasta ancianos, que desafió las inclemencias de una jornada torturante movido por la necesidad impostergable de sobrevivir.

Este espectáculo,  quizá no  evaluado en todo su macabro significado, produce, más que indignación, unos deseos incontrolables de llorar. De preguntarse cómo, por qué vía,  en qué momento, un país dueño de ingentes reservas de oro negro, se convirtió  en una manada de animales hambrientos y agónicos, que intenta paliar, a como dé lugar,  esa intemperie del alma y del cuerpo que azota de manera implacable lo que queda.

A veces creo que el mundo no ha calibrado la magnitud de la tragedia venezolana. Es imposible que a estas alturas del dolor todavía los que mueven los hilos de la tramoya, no  reaccionen como seres humanos. ¿Dónde están, por Dios, los pensantes, los sensibles, los altruistas, moralistas, predicadores o gobernantes? ¿Dónde la tan cacareada solidaridad de los pueblos, el concepto ético de la vida en común, la respuesta, sino fraternal al menos civilizada?  

Éste es el momento en que debería tronar, como lo ha hecho en otras circunstancias, la voz del Vaticano al menos para reafirmar su misión pastoral. El momento en que todos los Obamas, los Putines, Las Merkeles, los representantes de esas apolilladas  monarquías, los admirados  y por lo tanto influyentes, los adinerados y por lo tanto pudientes y sobre todo los países democráticos de la región, acometieran al respecto una acción creíble y enérgica. Venezuela se muere lentamente. Ni siquiera desaparece fulminada por la misericordia de un infarto. La suya es una agonía a gotas, infinitamente dolorosa, donde no existe tiempo sino para huir o morir de inanición.

Si al menos este capítulo dantesco sirviera para aleccionar a los que estamos al otro lado… Si por fin entendiéramos que no es cuestión de ubicación ideológica sino de humanidad, si concientizáramos lo inútil de esa retórica de plastilina y lo lejos que andamos de la verdad, algo rescatable quedaría, sino para el presente, al menos para el futuro.