El desarme de los corazones
Humberto Cardoso Vargas
El Ejército de Liberación Nacional, ELN, otro participe en la trágica obra de violencia en la que hemos intervenido los colombianos por tantos años, unos como actores, otros como indolentes espectadores y otros como aplicados directores tras bambalinas, se suma a la loable tarea de desmonte de este absurdo y trágico escenario, en la que está empeñado el Presidente de la República Juan Manuel Santos, que le mereció el inmenso honor de ser el Premio Nobel de la Paz en el presente año.
Escenario al que las nuevas generaciones, la generación de la ciencia y la tecnología, de la globalización, la generación del Estado Social de Derecho, de los Derechos Humanos y de la paz, se resiste a ingresar.
La obra está llegando a su final, sus actores están cansados y decepcionados y reconocen que ya no es atractiva, que perdió vigencia y que posiblemente estaban equivocados. El teatro se está quedando vacío y muy pronto se bajará para siempre el telón.
Desafortunadamente el inicio de la etapa pública de negociaciones entre el gobierno nacional y el ELN, previsto para el pasado 27 de octubre en Quito Ecuador, no se cumplió por razones que sin duda alguna serán superadas para el bien del proceso.
Todos esperamos la pronta liberación del exparlamentario chocoano Odín Sanchez y de los demás secuestrados por esta organización subversiva.
Sin embargo, la terminación del conflicto, entendido como el enfrentamiento entre ejércitos con capacidad de producir daño material, por el uso de las armas, no será completa si no vaciamos ese oscuro rincón del corazón humano en el que, como dice el sacerdote jesuita Carlos G. Valles, “todos llevamos dentro una veta de violencia”.
Todos, y principalmente quienes han gobernado al país, somos responsables de la violencia que queremos erradicar, por haber permitido la existencia de un medio social lleno de desigualdades y frustraciones, generador de injusticias, odio y venganza, cuyo único remedio, se pensaba, era el irracional uso de las armas.
Lamentablemente en Colombia y en nuestro departamento, hay dirigentes que utilizan verdad justicia y reparación no como un objetivo noble, que lo es en sí mismo, sino como un arma para hostigar, dividir y para impedir que la paz del país se consolide.
