El camino no es de rosas
Por Julio Cesar Triana Quintero
Mis lectores han sido testigos de excepción de la obstinación con la que me he pronunciado sobre el proceso de paz que adelanta el actual Gobierno. Desde el mismo momento en que se iniciaron estas negociaciones, he visto con esperanza la posibilidad de hacer cesar el mismo conflicto que año tras año entristece y golpea las familias colombianas, como las que esta semana debieron padecer el vil asesinato de sus hijos militares en un acto de crueldad de la FARC.
Y he insistido en apoyar ésta iniciativa porque estoy convencido como el que más, que quienes hemos soportado la pérdida intempestiva de seres muy cercanos, desarrollamos un extraordinario sentimiento de solidaridad que nos lleva a desear que ello jamás se repita para con nuestro congéneres, conocidos o desconocidos, amigos o contrarios a nuestros afectos.
No hay razón política, institucional o siquiera estratégica que permita justificar la muerte de los once valientes hombres en el norte del Cauca. Pero con seguridad creo, que también sus familias con dolor y rabia en el corazón por la pérdida intempestiva y definitiva de sus seres queridos, tienen la esperanza de un futuro mejor. Es hacia ello hacia donde deben dirigirse quienes piden ahora, amparados en tan dramáticos hechos, el fin de los diálogos de paz.
Resulta difícil comprender que se den este tipo de hechos violentos en medio de un proceso y en medio de una tregua, lo que de entrada, genera desconfianza de quienes apoyamos la paz, y hace que dudemos por momentos de la seriedad de este proceso, razón suficiente para que se ajusten algunos componentes de su desarrollo en curso, que muestran tal grado de debilidad, que como va, en cualquier momento puede ser herido letalmente por hechos incluso ajenos a los mismos actores directos.
Nos esperan días más que difíciles; aún no sabemos siquiera del éxito remoto de aquellas negociaciones y ya la paciencia empieza a agotarse, pero como cuando vivimos un duelo personal, sabemos que algo es beneficioso aunque el camino para alcanzarlo sea tortuoso y lleno de espinas, debemos conservar la esperanza.
Es hoy más necesario que nunca, concientizarnos que esto apenas está comenzando y que a futuro las pruebas de firmeza y confianza nos someterán a una serie de hechos cuyo dolor sólo será compensado años luego, cuando mirando atrás, entendamos porqué el nuestro, es el conflicto más absurdo y longevo del mundo contemporáneo.
