El “costo país” y la crisis del arroz
Por Carlos Tobar
Una desapacible columna de opinión de la ministra de Comercio, Cecilia Álvarez Correa, en el periódico El Tiempo, donde da su versión de la crisis que agobia al sector arrocero nacional, ha provocado una fuerte reacción de los afectados. Sobre todo, de los más débiles y desprotegidos: los agricultores. Estos –con razón–, le reclaman por el abandono en que los han mantenido los gobiernos de los últimos 20 años, pero especialmente por la aplicación de políticas económicas antinacionales que tienen al borde de la ruina a los sectores de la producción y el trabajo, nacionales.
¿Cómo explicar, por ejemplo, que producir una tonelada de arroz cueste en los Estados Unidos 450 dólares, y en Colombia 1.100 dólares, cuando en términos de productividad los rendimientos por hectárea no tienen una diferencia sustantiva? Ante este interrogante, viene a mi memoria una comunicación, que periódicamente circula a través de las redes sociales, de un colombiano residente en los Estados Unidos a un amigo en Colombia (http://elpilon.com.co/colombia-un-pais-de-ricos/), donde resalta las diferencias de las condiciones de vida y trabajo en los dos países. Porque el problema de fondo es la tan traqueada “falta de competitividad”, que gobernantes y expertos neoliberales, les restriegan a diario a los productores y trabajadores colombianos: “Dígame cómo podemos apoyarlos para innovar, para sofisticarse, para ofrecer el mejor producto al mejor precio a los consumidores locales y, ojalá, internacionales. Atrévanse a competir”, dice la señora Álvarez Correa, sin ruborizarse. No importándole, que factores vitales para una producción altamente eficiente, que son determinantes en manos del Estado, como el crédito, las políticas impositivas, el precio de los combustibles y los insumos del transporte y, el subsecuente costo de los fletes –prohibitivos en Colombia–, las tarifas de energía y servicios públicos, los insumos agropecuarios, la ausencia de precios de sustentación e instalaciones para almacenamiento, comercialización garantizada, etc., que conforman el llamado “costo país”, sean favorables a los sectores de la producción nacional. Las diferencias con los productores de Estados Unidos –con quienes competimos directamente al tenor del TLC–, o de nuestros vecinos, los países de la comunidad andina de naciones, son tan abismales que ‘competir’ es un imposible evidente. La única que no se percata de ello es la ministra Álvarez. Ese “costo país”, es la herencia de 20 años de políticas neoliberales, de 20 años de crear condiciones ventajistas al gran capital, principalmente extranjero, de 20 años de tener sanguijuelas financieras succionando la economía nacional. ¡Así, no se puede alcanzar la prosperidad y el desarrollo propio!
El cuadro de dificultades se acrecienta –como ahora nos estamos enterando–, cuando el negocio de las importaciones de arroz de los Estados Unidos, se vuelve un negocio especulativo para los intermediarios de las importaciones, incluyendo a los parásitos de Fedearroz, tal como lo denunciara el representante de la Cámara Induarroz de la Andi, quien señaló que en la importación del contingente de 63.131 toneladas, subastadas el 2 de febrero, Fedearroz, obtuvo una ganancia de más de $36.000 millones. O sea, que el señor Rafael Hernández y sus conmilitones, ganan con la quiebra de los productores nacionales.
Mientras tanto, los consumidores –sometidos a esa aberrante especulación sin que el gobierno haga o diga nada–, hemos visto subir el precio del arroz a cerca del doble de lo que costaba hace 5 meses.
