Drama inigualado de amor (II)
Dejamos iniciado este fundamental tema de nuestra fe la semana anterior a ese día de tanto amor divino como es el Viernes Santo, y ya han resonado cantos de alegría pascual, a los que nos referiremos en próximas reflexiones.
Buscando bases a vida digna y prospera, así como a una paz real, y, por ella duradera, hemos apreciado puertos anhelados como es el amor como respuesta al inigualable de Jesús tendremos navegación promisoria para la humanidad.
Es que solo rechazando el odio y los hechos violentos contra nuestros semejantes, comenzando por los más indefensos como los niños en el vientre materno, estaremos construyendo una sociedad respetable y sólida, con reinado en ella de la justicia y la paz.
Es tan saludable la atención a Jesucristo Nuestro Señor, quien habló con tanta claridad a la humanidad de todos los tiempos. Desde su ser microscópico, en lo humano, en el vientre materno, está enseñando a “hacer la voluntad del Padre celestial” (Hebr. 10,9), y cuando enseña a sus mismos padres terrenos en hacerlo todo “ocupándose en las cosas de su Padre” (Lc. 2,49). Fue El quien señaló como máximo mandamiento el amor a Dios y al prójimo (Lc. 10,27), quien bendijo y premió con milagro el puro amor de unos recién casados y la iniciación de una familia digna (Jn. 2,1-12). Mostró, también, llave para entrar al cielo: la misericordia y el amor con los más necesitados (Mt. 25,31-46).
Es Jesucristo quien vivió y realizo, con grandeza, su presencia en medio de la familia humana, en un “drama inigualado de amor”, teniendo, desde su testimonio toda autoridad para proclamar y exigir actitudes de dedicación a los hermanos, y de perdón hasta el heroísmo (Mt.5,44).Repasar ese pregón vivencial del divino Redentor, en una Semana Santa, no desperdiciada en superficiales recreaciones o pecaminosas bacanales. Qué bien aprovechar, ahora, estos días pascuales, también en beneficiosas reflexiones como los que hemos detallado, en estos comentarios, con gratitud a Quien se ofrece en sacrificio por nosotros, resucita del poder del pecado, y nos señala pasos impregnados de fe religiosa, con valor infinito y exquisitos sabores de eternidad.
