Doble moral o derecho personal
Amadeo Gonzalez
Es muy común escuchar de muchas personas que ellos tienen derecho a su intimidad, que nadie tiene por qué esculcar o preguntar por su vida licenciosa o por las perversiones que llevan encima, por cuanto es un sagrado derecho a que nadie se meta en su vida privada.
Y son personas generalmente que se encargan de disentir y protestar contra quienes ejercen la pederastia, el homosexualismo, el alcoholismo y por qué no su afición enfermiza a los juegos, a las apuestas, todo dentro del contexto de lo que denominan, que es la vida íntima de aquellos, en tanto que algunas de dichas situaciones, la viven, la profesan o la ocultan.
Es cierto que hay un derecho a la personalidad, que hay un reconocimiento a la dignidad humana, y que en ese proceso de ser tolerantes en la diversidad, en la orientación sexual, en el género y en todas las formas de ser, del ser humano, se demanda y se exige a su vez, que haya un código de ética, un código de moral y de respeto al otro, y que no se utilicen dichos preceptos para ocultar el verdadero trasfondo del drama que viven en su vida íntima dichas personas.
Pero ese rasero con el que podemos o debemos censurar el comportamiento ajeno, no es igual para todos, y tiene mayor incidencia o trascendencia, cuando nos ocupamos de la vida de ciertas personas que son representativas en la sociedad.
Es el caso de los hombres públicos, es el caso de las personalidades que por sus virtudes, valores o méritos, han alcanzado un reconocimiento social y terminan por ser abanderados de una sociedad en sus ideas, en sus creencias, en su arte o en la política y/o en su vida religiosa, dicho juicio de reproche social, es más exigente, es más explícito y por tanto, debe ser más severo, ya que por los méritos alcanzados la sociedad los tiene como principio y fin de la dignidad y del respeto. Son modelos de vida y ejemplo para el otro, y por tanto, así deben ser en su vida privada y social.
No es un equívoco entonces, pregonar que cuando una sociedad alcanza un punto de equilibrio en el reconocimiento de la ética y de la moral, cualquier consideración religiosa está llamada al fracaso, se hace innecesaria o intrascendente, por cuanto, este aspecto está por encima de todo, y tiene connotación social e importancia, a partir precisamente del valor del otro, del respeto al otro, y del reconocimiento del otro.
Pero realmente lo que vivimos en esta sociedad de la doble moral, es que nos encontramos de frente con seres humanos que convidan a la libertad, pero son felices con la esclavitud, son abanderados de los derechos humanos y de los derechos colectivos y de los cambios sociales, pero en el fondo, son personas no han podido salir de su propio encierro y quieren engañarnos con posando de respetuosos de los derechos, cuando son sus detractores y causan más daño que aquellos que no dicen nada o que prefieren el silencio en su diario vivir.
Necesitamos revalidar los conceptos mínimos que tienen que ver con el derecho a nuestra intimidad, por cuanto bajo su postulado no podemos desconocer los derechos de los demás, especialmente cuando de personalidades públicas se trata, ya que el dedo implacable, es la base esencial de un reproche que tarde o temprano ha de llegar.
