Deshumanización
Gloria Cepeda Vargas
La partícula des equivale a un prefijo inseparable que significa negación, oposición o incapacidad para experimentar afecto, comprensión o solidaridad con el semejante. Y si lo añadimos a la palabra humanización, tendremos una definición atinada de nuestra conducta y la explicación del desbalance endémico que nos aqueja: la cojera del alma. ¿Qué significan humanidad y sus derivados? Elemental mi querido Watson: intentar despojarnos de nuestros zapatos para calzarnos las alpargatas ajenas a ver cómo nos va. El cambio de calzado equivale al bíblico “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, o al popular: “El que no carga la carga, nunca sabe lo que pesa”. Son sinopsis o recopilaciones de la verdad que no obstante habernos acompañado desde el vientre materno, se niegan a formar parte de nuestros manuales de urbanidad, por no decir otra cosa.
Más allá de piruetas semánticas o morfológicas, la palabra deshumanización es un leviatán salido de madre. A fuerza de orearlo, se destiñó para adquirir un gris inofensivo y su cara de yo no fui cruza desapercibida cualquiera de sus apariciones en sociedad.
A pesar de haberse echado al pico vidas, honras, fortunas, futuros, presentes y pasados humanos, continúa inimputable. A pesar de contar en su haber con el 99,99% de la desventura planetaria, trisca impávida en los campos en flor; no obstante los vientos que aúllan, se ríe socarronamente de excomuniones, cábalas y jurisprudencias.
La deshumanización posee poder de transformación a prueba de alquimia. Si asesina a sangre fría, será en defensa propia. Si agrede el equilibrio del planeta, demostrará una capacidad visionaria que envidiaría Galileo y si mete la mano en el tesoro público, lo hará de guantes y pasamontañas.
En su prontuario hacen cola, entre otras hazañas dignas de recordación, el holocausto nazi, la satanización femenina, los mercados negreros, la violación sexual, las santas hogueras de la ídem Inquisición, la sordera del poder y el capital, la idoneidad del eufemismo, las EPS y el salario mínimo en Colombia.
¿Qué intentaste decir León de Greiff con aquello de los trujamanes de feria y gansos de capitolio aplicados a la actitud humana? Pues casi nada, la deshumanización ataviada con dos de sus más viles antifaces: el servilismo y la hipocresía.
