Desarmar los espíritus
Superadas las circunstancias que nos alejaron transitoriamente del “Diario del Huila”, volvemos al ejercicio de expresar con libertad nuestra opinión, que no tiene por qué coincidir con la oficial del periódico, expresada en su editorial.
Así, trataremos hoy de la necesidad nacional de desarmar los espíritus, si queremos algún día vivir en paz, superado el conflicto que desde hace más de 60 años desangra a Colombia. Para que el postconflicto tenga un desarrollo normal y las ingentes sumas que él nos costará no se pierdan, será necesario que ante todo desarmemos los espíritus, desmovilicemos el lenguaje ofensivo y agresivo que distingue el ambiente de la guerra, y sepamos resolver nuestras diferencias (que siempre las habrá) en un marco de tolerancia con las ideas de los demás, respetándolas en su divergencia y sin pretender que la solución final sea el exterminio del contrario o su sumisión a nuestras propias ideas. La especie humana siempre ha encarado conflictos y los seguirá encarando. Hasta ahora, lo hemos hecho violentamente, con la idea de imponer nuestros criterios y erradicar los ajenos, con la pretensión de que sólo nosotros tenemos la razón y las ideas de los demás deben ser irremediablemente erradicadas con la eliminación física del adversario o al menos con su sumisión y hasta su esclavización.
Lo más detestable es la presunción de tener siempre la verdad, y mirar a los demás por encima del hombro, regañándolos literalmente porque “no construyen” sino que destruyen cuando exponen su propio criterio. Los “bien pensantes” se aterran ante la divergencia; les parece “enfermo” quien no comparte su criterio “sano”; condenan al infierno a quien expone ideas distintas a las generalmente aceptadas. Y en su cerebro totalitario, lleno de lo que él mismo califica de “sabiduría”, no cabe una sola duda, cuando es precisamente la duda el mejor camino para encontrar la verdad.
Y con el desarme de los espíritus, renunciar a la mentira y la calumnia para enfrentar a los contrarios en política. Acusar sin pruebas; vociferar sin compasión, perseguir con saña, deben ser conductas erradicadas del debate público. Y mientras más elevado se encuentra uno en la sociedad; mientras más partidarios incondicionales se tengan, y más estos con abyección demuestren su solidaridad, más responsabilidad con la sociedad se tiene; más graves consecuencias para ella –la sociedad- tiene los excesos conceptuales. No es lo mismo la opinión de un ciudadano común y corriente y aún la de un columnista bien apreciado, cuya influencia es más bien limitada, a la de un jefe de partido nacional –y hasta internacional- a cuya voz responden millones de personas que siguen ciegamente sus orientaciones. Desmovilizarse en su intransigencia debe ser la primera consigna de los jefes de los partidos. Desmovilizar los espíritus para lograr la convivencia, sin querer la desaparición de las divergencias, las cuales deben resolverse con la discusión pacífica y tolerante.
Esta sería la base de una paz permanente.
