viernes, 17 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2014-08-21 08:26

Delimiro Moreno

Me gustan los tipos como Delimiro Moreno, que fungen de locos y simulan ser, que mandan escuderos a gobernar ínsulas inexistentes, no como los locos que lucen lámparas de neón con rayas de colores.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | agosto 21 de 2014

De Delimiro Moreno me ha atraído la fidelidad que guardan a sus ideas, la claridad de su pensamiento, porque he posado con mayor edad de la que en realidad he tenido, situación surgida desde niño ya que me han encantado los temas serios, las frivolidades me han parecido propias de personas inmaduras.

Delimiro Moreno es de esos seres que parecen eternos, como aquellos viejos que veía deambular por las calles de La plata, y, que, ahora, cuando voy en los lapsos de nostalgia a recoger mis pasos de ánima impúdica, los encuentro con el mismo saludo y las mismas anécdotas. Vi a Delimiro desde niño en las páginas de medios regionales, en El Diario que mi padre insalvable llevaba a casa como parte del mercado, del que mi madre decía que tan pronto se terminara la comida iba a servir café con periódico. Vestía entonces de pantalón corto, y el nombre de Delimiro Moreno estaba en la ansiedad de muchos, con letras de molde.

Ha sido ver la figura menuda de un hombre franco, que no esconde sus querencias ni ha ocultado sus odios. Señala con denodada frecuencia sus alabanzas para quienes fungen de su confianza, también punzante arremete contra quienes considera violan la correspondencia de las normas. Su espada ha sido la pluma, en lucha imponderable, con armadura de elevada fundición, lo ha llevado a contar con muchos adeptos, y desde luego con incontables malquerencias, sin que cambie su ideario un ápice.

Mi contacto con Delimiro ha sido desde las columnas de periódico, desde sus ideas. Saludarlo personalmente, una o dos veces ha bastado, y no busco intimar más allá de esa relación escritural, tal como he pensado en la familiaridad con hombres y mujeres que me parecen importantes desde las letras. Basta la magia que transmiten los párrafos claros, las expresiones hilvanadas, las ideas con renovada energía, con claridad transmitidas. Alguna vez, en Bogotá, cuando todos buscaban contacto personal con García Márquez, yo me quedé lejano en el auditorio, mi intención era verlo pasar distante, como se ve pasar al Papa cuando se prefieren sus bendiciones, por miedo a perder la magia de su sello.

Además mi admiración por Delimiro Moreno se fundamenta en las batallas que emprende, las mismas mías que se quedan en idearios, batallas sin triunfos como dueños de quincallas, o marineros de barcos fantasmas que solamente asustan, las mismas del Qujote, las de molinos de viento, de ínsulas desconocidas; aquellas guerras donde la resultante es igual si hay triunfo o hay derrota, pero con la satisfacción de lucharlas. En un mundo de moldes y caricaturas, acartonado y fútil, estéril y morboso, enflaquecer la vista es el alimento para señalar intrascendencias, despreocupaciones por maquillajes y máscaras, para señalar que el fin último del ser humano es la dignidad y para eso basta la locura.

A ochenta y dos años de distancia, Delimiro Moreno es un testigo para declarar el mundo del orgullo humano y la supervivencia de la especie, fiel a propósitos insalvables, con los defectos de quien vive la vida desde la balada del sueño, desde el tango de la desesperanza, porque señalar equivocaciones y aciertos de los otros es necesidad fisiológica, cueste lo que cueste. Es el mejor homenaje por tanta vida de Delimiro Moreno.