Del respeto debido a la dignidad del presidente de la República
Humberto Cardoso Vargas
En un país como Colombia, que tiene a sus espaldas una cruenta y dilatada historia de violencia, suscitada por razones y actores de todas las condiciones y estirpe, que nos ha dejado una estela de asesinatos, masacres, secuestros, despojos, desapariciones y desplazamientos, con más de ocho millones de víctimas en medio siglo de confrontación, la reconciliación solo podrá ser posible, si no dejamos escapar la oportunidad que el presente nos ofrece para construir un país en paz, apelando a los más caros intereses de la nacionalidad y en beneficio de las generaciones futuras.
La reconciliación tiene como objetivo restablecer el equilibrio social, tarea fundamental a la que debemos contribuir todos los colombianos, disintiendo con respeto de las ideas contrarias, desde los escenarios que la democracia nos brinda y deponiendo con gallardía los ánimos revanchistas, dirigidos a inflamar las pasiones para obtener beneficios políticos mezquinos.
Alemania, por citar tan solo un ejemplo a seguir, de los tantos que existen, después de la segunda guerra mundial quedó destruida física y espiritualmente y acabada la conflagración bélica, los alemanes no se trenzaron en autorecriminaciones y odios mutuos. Muchos años después es de las primeras economías de Europa y el mundo.
En nuestro país, los contradictores del Presidente de la República, so pretexto de ejercer una oposición patriótica a los acuerdos de paz con la guerrilla de las Farc, que con el decidido apoyo de la comunidad internacional están ya en su fase terminal, se empecinan en proferir las más exacerbadas ofensas y manifestaciones oprobiosas en su contra, que deben concitar el repudio de quienes anhelamos la reconciliación sincera de nuestra nación, por irrespetuosas, temerarias e injuriosas.
Como colombiano respetuoso de la legitimidad y del orden, esperanzado en un país sin odios y rencores, debo rechazar enfáticamente los calificativos de dictador, traidor y mentiroso, entre otros, lesivos de la dignidad que encarna, que reiterada e injustamente se le endilgan al presidente Juan Manuel Santos, por un sector de la oposición radical y soberbio, a los que se suma ahora el de asesino, en contravía de los múltiples reconocimientos que se le han hecho, por su gestión como primer mandatario de los colombianos y principalmente por su empeño en conseguir la paz para su país y para la región, el último de ellos la semana pasada, como “Líder de las Américas”, otorgado en Washington, Estados Unidos, por el “Centro de Pensamiento Dialogo Interamericano”.
Para reconciliarnos de verdad necesitamos renunciar a la obsesión por el desquite y la retaliación, a la paranoia dispuesta siempre a mancillar el honor de los contradictores, antes que controvertir con respeto las ideas y propósitos que no se comparten, reconociendo con humildad que la calidad de colombiano enaltece a todos los miembros de la comunidad nacional y por consiguiente estamos en el deber de engrandecerla y dignificarla, según lo manda nuestra Carta Magna.
