jueves, 16 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2015-03-05 06:19

De Vuelta al Playboy

Por Diógenes Díaz Carabalí

Escrito por: Redacción Diario del Huila | marzo 05 de 2015

Alba Luz Muñoz iba al Grandprix en minifalda, mostraba sus atributos insinuantes y se movía al son de la charanga, el boogaloo, la pachanga. Torpe no me atrevía a invitarla a la pista, porque me parecía de alto vuelo y sus pasos me obnubilaban. No era capaz de seguirle el ritmo, pero me gustaba Pete “El conde” Rodríguez, Ismael Miranda, Ray Barreto, Charlie Palmieri. Mis pies pesaban arrobas y tan solo movía la cabeza al sonido de las congas, los bongoes, los trombones, el piano. Gracias a Alba Luz Muñoz, y otras que se fugaban de sus casas huyéndole al oficio, para encontrar la gozadera en el Grill, aumenté mi gusto por la salsa, que entró a mis entrañas en inmersión sin regreso, como entró a quienes controvertimos a la oficialidad gringa y de paso el Rock and Roll.

En Cali fue la vacuna sempiterna para un gusto que perdura; apoyo de mis conquistas, felicidad de mis juergas en Séptimocielo, Honkamonka, Sextavenida, Elabuelopachanguero (Junachito). Con María Céfora Gaona íbamos a agualulo, a miércoles de honkamonca, a jueves de La luna, a amanecedero de Juanchito los domingos. La rumba nos movía, ella dedicó horas en transmitirme sentimientos del rítmo, el tumbao, el espíritu negro que lleva la salsa, una cátedra insistente de pasos, vueltas y revueltas para sentir bajo la piel la voz clara y estridente de Hector Lavoe, Celia Cruz, Willy Chirino, Wilson Saoco con revoluciones aumentadas.

Bogotá tuvo su cuota. En la sesenta y cuatro con caracas había un rincón salsero para la absoluta minoría, cuando todos escuchaban vallenato y merengue. Mis amigos andaban sumergidos en el Binomio, Los Chiches y Diomedes, y los más modernos eran hinchas de Cuco Valoy, Los Vecinos de New York o Willie Rosario. Con Elsita y Argenis Amara y su novia nos metíamos en la gozadera de los viernes después de una dura semana de trabajo para recordar las noches de Cali, la feria, los tablados, los nacientes recuerdos de la sintonía de radio El Sol con que mengüé mi solitaria afición por los soneros, en mi caso, y Argenis su nostalgia de costeño en la nevera, renegando del frío, único solas de su barranquilla traído a un rincón de nuestro apartamento en la ciento setenta.

 Para prolongar la aventura, la llegada a Popayán, pasadas más de tres décadas, mi ánimo salsero se encontró con el Playboy. Todo el mundo sabe dónde estaba. Sonaba allí lo último de New York. Lo mejor que se producía en Cuba y Puerto Rico. Era la academia cumbre de la música que convocaba a los amantes del ritmo que surgió en los barrios latinos de la capital del mundo. La Fania sin restricción, los continuadores de la tradición de los soneros se ventilaba en aquel inmenso salón de La Esmeralda, donde lo importante era la cadencia, los pasos, el goce, tesoro que perdura gracias a que año a año los herederos de aquella aventura nos convocamos para vivir la emoción de encontrarnos, de vernos, de bailarnos, sin importar que desentonen las camisas amarillas, los pantalones rojos, los zapatos blancos, los sombreros verdes, con las calvas y las canas. Así toque apretujarnos para embutirnos en un chaleco con lentejuelas, y a la mañana siguiente no soportemos el dolor en la chocosuela, hemos vuelto con Che che colé, que bueno e′
Che che cofriza, muerto ′e la risa... Oye tú sentado allá pareces venezolano ven aquí vamo′ a bailar que todos somos hermanos, porque gracias a Dios todavía somos vagos y vivimos la vida.