De provincias y provincionalismos
Por Amadeo González Triviño
Hay ocasiones en que es bueno volver a tratar los temas de la provincia y entre ellos ver como hay ciertos factores de la modernidad que se van distanciando de las formas de ser de nuestras gentes, para algunos queriendo conservar lo viejo y para otros, negándose a aceptar las implicaciones de una realidad que se transforma día a día, en un proceso que involucra nuestras costumbres y nuestra forma de ser.
Es precisamente la cultura entonces, una forma de manifestación de ciertos aspectos que nos entrelazan en comunidades, de tal forma que entendemos la convivencia y el entorno, como fruto de aquellos aspectos que han de trascender la belleza de las cosas, la magia de lo espectacular o por qué no, el aburrimiento de lo impactante, y es cuando seguimos pensando que todo tiempo pasado fue mejor.
Entonces es cuando la vieja máquina de escribir nos trae recuerdos, nos genera añoranzas y se nos vienen las nostalgias como un presentimiento de algo que no debió de suceder, y ya no escucha el voceador de prensa por la calle, hoy todo es por internet, hasta las noticias, y por las calles ya no se ven los vendedores a plazo con un tarjetero en la mano y acompañados de una carreta con sus mercancías y no se escuchan los vendedores que recorrían puerta a puerta la casa de los abuelos, de nuestros padres, anunciando de todo y vendiendo de todo lo que se necesita y lo que no.
Esa evocación que aún permanece fiel en nuestra memoria se aquilata con saber que en el café de la esquina del parque, o en los billares de su entorno, se construían las empresas, se levantaba la moral o se acababa con las familias, era un proceso que aún hoy, subsiste y la maledicencia sigue cobrando cara su vigencia histórica, porque mientras los hombres se arremolinan en la acera de sus casas para chismosear a las vecinas y sus visitantes, sus propias mujeres saltan por el patio buscando amantes o encuentros furtivos que les devuelva el calor de la cama que con el tiempo han perdido en sus propios hogares.
Y mientras todo se derrumba con las comunicaciones o se construye con la tecnología, el reloj de la catedral sigue marcando sus horas, siempre actualizado por las manos rústicas del campanero o del anciano que es explotado por la curia en sus oficios y por esas obras de misericordia, no tiene salario, ni prestaciones y siempre es un apóstol del señor entregado a esos buenos oficios.
Pero la hora no es la misma, la hora que se escucha en todo el pueblo, marcadas por una campanada acompasada de la alerta de ese horario, siempre se distancia del horario normal, y es cuando el Juez del pueblo se guía en sus diligencias por las campanas de la iglesia y cierra su despacho cuando ellas anuncian el medio día y todo el comercio se va negando a atender a los clientes, “porque ya dieron las doce”, cuando en realidad está adelantada su maquinaria del tiempo de la vida y que decir de la locura que se genera cuando el reloj de la catedral, no marca la hora correcta y pone como locos a los citadinos que no saben a ciencia cierta, cual es la hora que le aplicarán en la casa para que los políticos del parque cierren su sesión y del café salgan raudos a buscar sus alimentos?
Es la vida de la provincia que aún subsiste y que nos obliga a recordar los tiempos aquellos que permanecen aún, como pintados y retocados por una vieja acuarela marcada por el tiempo en nuestra memoria y se repite sin cesar en cada esquina con la música de un ayer imposible o con la sonrisa de una mujer que nos espera y no sabemos dónde…
