De candidatos y democracia
Por Amadeo González Triviño
Mucha controversia se ha generado con nuestro comentario de la semana pasada y no podemos más que agradecer a todos los que de una u otra forma se sienten identificados con nuestras observaciones sobre el desarrollo de una realidad que nos va transformando y nos hace volver la mirada al pasado, especialmente cuando de analizar ese entorno en el que hemos vivido, se trata, sin necesidad de plantear soluciones, y por el contrario dejar en la opinión pública, una motivación para el cambio, para la recuperación o para la conservación de lo bueno o de lo rescatable de una época.
Ahora con este fenómeno de la politización de lo público, ad portas de las elecciones regionales, donde la mayoría de los desempleados busca un espacio dentro de las corporaciones públicas, es cuando se descubre que en estas poblaciones, llamadas aún de la provincia, se vive un síntoma de completa sujeción a lo espontáneo, a la falsía del espectáculo, y se olvida, se descarta y se pasa por alto, el fenómeno de la representatividad y del compromiso social de quienes han de asumir una responsabilidad para con el desarrollo, para con la autoridad y para con las mismas colectividades en la solución de sus problemas.
Es triste y desalentador la forma como se sigue haciendo política en todos los niveles de nuestro departamento, como en una especie de retroceso ideológico e intelectual, con rencillas familiares que no contribuyen en nada a ese espinoso tema de la paz social, por cuanto lo único que importa, son las cuotas políticas, la burocracia y la participación en las etapas de corrupción y de apropiación de los recursos del Estado, sin importar con quienes se cuenta o a quien se ha de causar ese daño.
Hemos perdido el faro de la democracia. Las instituciones han sido puestas al servicio de los intereses más bajos de la condición humana y por ello es que paulatinamente ha desaparecido la credibilidad en ellas. Se nos quiere dar muestras de actuaciones de independencia y de lucha contra la corrupción cuando por los medios de comunicación se hace la presentación de algunas capturas o significativos logros, que no dejan de ser más que simples aspavientos, en una desvencijada administración de Justicia, que lucha con los mismos fenómenos de la sociedad que se ha contaminado en la orientación de su filosofía social, pero todo vuelve y se desmorona, para que los capturados sean los candidatos del mañana, y como víctimas de una persecución, encuentren en las plañideras, sus cómplices, el día de su elección.
No se avizora una opción de paz social. Continuamos cabalgando en una sociedad que no tiene las riendas de su destino. Si dentro de un marco de democracia y de participación ciudadana, no se respeta al otro, se recurre a la compra de los avales, o se trastoca cualquier ideología o planteamiento político, por el afán de un proselitismo que busca espacios donde la corrupción es la bandera de su filosofía, estamos llamados al fracaso.
Y mientras esto sucede, la médula de nuestros principales fundamentos sociales, como la libertad y la paz, han de perdurar y servir de fuente para que nos sigan gobernando las personas más incapaces de hacerlo y sigamos en un rol de nunca acabar, porque las grandes colectividades, los grandes electores, como son nuestras comunidades, no han dejado de vivir el mundo de las inexactitudes que la televisión y los medios de comunicación, han creado en nosotros mismos y que se repiten a diario, cuando es más importante la vida de los traquetos, los narcotraficantes, los delincuentes de cuello blanco, los paramilitares o algunos artistas de vida licenciosa, al igual que los espectáculos que no fuerzan la inteligencia o la razón, para hacer de ellas, nuestro postulado de vida y de sociedad.
