Cultura, legalidad, progreso
Por José Eliseo Baicué Peña
Contaba Jorge Luís Borges que, alguna vez, mientras paseaba por el centro de Buenos Aires de la mano del cantautor Facundo Cabral, un hombre que lo creyó más sordo que ciego le gritó al oído “viejo reaccionario”, Borges caminó un par de cuadras antes de referirse al asunto: “para que ese tío me haya gritado eso, le dijo a Cabral, no hay sino dos alternativas: o que no me haya leído o que me haya leído”.
Esta anécdota nos sirve para adentrarnos en el nacimiento de este nuevo siglo y sus implicaciones en el modo y calidad de vida de los seres humanos. El gran desafío del mundo actual es la socialización de la creatividad y la generación de formas de convivencia que permitan a todos y cada uno, países, grupos y personas, desarrollarla. Ello significa que hay un desplazamiento de la cultura política hacia la política cultural en el sentido fuerte de este último término. “La preocupación fundamental no será tanto el problema de la economía, ni el de los tipos de regímenes políticos, sino los temas culturales, el tema del sentido, del lenguaje, de las formas de comunicación y creatividad”, dijo una vez el analista chileno Manuel Antonio Garretón.
En este sentido, la cultura tiende a adquirir un importante papel en el desarrollo y evolución de los pueblos cuando de afrontar esta globalización, en todas sus dimensiones, se trata. Nuestro mundo latinoamericano, a comienzos de este tercer milenio, parece estar aparentemente acostumbrado a un paradójico perpetuo estado de crisis. Recordemos que cuando terminó la guerra de Irak, las tormentas de diversas divinidades fulguraron sobre la pobreza de las víctimas del neoliberalismo económico, de la corrupción oficial, de la violencia de todos los colores, de la democracia desdibujada, de los golpistas y de los traficantes de los opios.
Se podría decir, que no ha quedado títere con cabeza. Las viejas instituciones públicas han colapsado. Y las privadas están muy ocupadas haciéndose competencia. Frente a este panorama, vale escuchar voces como las del novelista Rafael Humberto Moreno Durán, quien dice que ante la decepción de la política solo nos queda la opción de la cultura, y que por consiguiente, cuando el político fracasa, sólo el artista es capaz de devolverle la dignidad al ser humano.
La Constitución Política de Colombia de 1991, por primera vez en la historia incluyó a la cultura entre “los principios fundamentales”. En el título I, artículo 7º expresa: “el Estado reconoce y protege la diversidad étnica y cultural de la nación colombiana”. Pese a que se consigna en la carta magna de muchos países, los gobiernos de turno hacen poco o nada en bien de la cultura. Pues en la misma forma en que el Estado y sus instituciones defienden, incrementan y conservan la economía nacional, así mismo, se debe defender, incrementar y conservar con justicia la cultura.
La otra parte interesante del asunto es saber qué porcentaje de la población conoce ese soporte jurídico de la carta magna, con sus consabidos derechos y aplicaciones, y a la vez de estos, cuántos lo llevan a cabo. Cabe preguntarse, igualmente, cómo es la relación ciudadano–Estado y viceversa, en un contexto cultural aplicado donde unos y otros cumplan sus deberes y funciones.
Acaso no es bien sabido, para tomar un solo referente, la gran diversidad de acepciones que existe sobre lo cultural, o mejor sobre cultura. Buenas unas, erradas otras, confundidas muchas. La cultura, cualquiera que sea la definición y alcance que escojamos, es una inversión a largo plazo; nos envuelve, forma parte de nosotros a lo largo de la vida. Está presente en todas nuestras actividades, casi sin darnos cuenta.
La cultura lo abarca todo. La cultura es la huella que el hombre deja a través de su vida. Es el moldeado artístico que hace un hombre común y corriente al madero que posteriormente servirá como sillón. Las tradiciones culturales o, más sencillamente, las culturas se transmiten mediante el aprendizaje y el lenguaje. La cultura, según la antropología, incluye mucho más que refinamiento, gusto, sofisticación, educación y apreciación de las bellas artes. No sólo los graduados universitarios, sino todos, todos tenemos cultura. Las fuerzas culturales más interesantes y significativas son las que afectan a la gente en su vida cotidiana.
