Crisis social y proceso de paz
Tenemos que convencernos de que hemos vivido la época más cruda de toda una violencia a la que han concurrido los legales e ilegales.
Se han dado cita en este proceso, todos los sectores sociales que hacen parte de nuestro actual Estado Social de Derecho y hoy, se repica sin cesar, que una de las instituciones que requieren muy pronto y de manera urgente, una reforma desde adentro, es la Administración de Justicia.
Y la sociedad que se volvió indolente, indiferente, ha llegado al extremo, como lo hemos repetido siempre, de vivir en determinado momento la filosofía del dejar hacer, del dejar pasar, pero en el fondo, lo hace, para hacer valer sus cuentas de cobro, y mediante la maledicencia y las formas perversas de señalar al otro, se ocupan sin cesar de destruir esos rezagos de moral y de ética que aún quedan en algunos ciudadanos.
Es que la violencia tiene tantas caras, tantas formas de enmascararse para desplazarse por los pasillos institucionales y privados, por los palacios, los apartamentos y las casas, y se va transformando en un fuego arrasador que destruye y que contamina de una manera ilógica cuando la ignorancia y las formas de querer imponer una voluntad, solo se reducen a esas migas que se recogen en la diatriba permanente de los carnavales de los contratos o bien de la mermelada en el poder público, tomado éste como uno de los principales baluartes de la expropiación colectiva patrocinada por los entes fiscalizadores del Estado.
Que los jueces no funcionen, que no haya Justicia en equidad, en derecho o un asomo siquiera de alguna de ellas, no es extraño cuando la ley del más fuerte o en últimas, la de la corrupción, ha invadido las venas centrales del poder público, y por tanto, es inadvertida su inoperancia, su falta de credibilidad y todas esas formas de presentarse no más que como una mendicante de favores y de prebendas, a lo que hoy en día, se encuentra reducida.
Un país que perdió el sendero de la democracia, que ha naufragado sobre las heces de unos delfines de la politiquería y que hace alardes de una transformación o equilibrio de poderes, sin que haya una renovación y una exigencia social hacia el cambio de mentalidad y donde cada quien surge de las cenizas, para perpetuarse en la cosa pública, son sinónimos y formas perversas de tolerar, de permitir, de patrocinar esta barahúnda de cosas que nos va impregnando y nos va haciendo incapaces de reconocer los valores y los principios que, hoy tanto añoramos de otras sociedades.
Necesitamos reconstruir la patria. Necesitamos fortalecer al hombre en su idiosincrasia y en sus valores, en sus principios y en su filosofía de vida. No podemos perpetuarnos en los signos de la violencia, y tenemos que buscar disyuntivas que nos permitan seguir en la construcción de un mundo donde la convivencia y el reconocimiento del otro, hagan parte integral de este proyecto, de este modelo que debe ser nuestra constante en la superación y en la rectificación de los errores.
La sociedad hoy nos margina y lo hace porque en su seno, no hay respeto. Hemos terminado siendo ególatras de nuestros defectos, pero socialmente nos anticipamos como el prototipo del modelo social, y cuando ello se ha convertido en la constante social, todo se ha desmoronado y la violencia y el caos, son hoy en día, nuestra única forma de vida, nuestro único modelo de desarrollo, nuestro único camino hacia el abismo.
