Crónica de una muerte anunciada
Desde la época en que se estaba negociando el tratado de libre comercio con los Estados Unidos –durante el gobierno Uribe–, advertimos que, de los muchos renglones de la producción amenazados, tal vez uno de los más vulnerables era el arroz.
Luego cuando se firmó, y más tarde cuando se tramitó su aprobación, en el gobierno Santos, tanto en el país como en los EE.UU., enfatizamos el alto riesgo de competencia desventajosa para ese producto, que en el caso del Huila representa el segundo sector agrícola en importancia del PIB regional. Más tarde, cuando entró en vigencia el TLC Colombia-Estados Unidos –hace ya casi tres años–, dijimos que en un lapso no mayor de cinco años la situación sería en extremo crítica, porque así el contingente de importación fuese relativamente pequeño frente a la producción nacional, a la sombra de ella crecerían incontenibles los efectos perversos del contrabando.
¡Ni que tuviera “jeta de chivo”!, como decían en mi tierra los ancestro populares. En menos de tres años la situación de los agricultores y de la misma industria se está tornando desesperada. Las importaciones legales crecen más allá de los contingentes anuales negociados, como que el año pasado se importaron 40.000 toneladas adicionales pagando el arancel pleno del 80%, que por el diferencial de costos y precios hace viable el negocio. Pero lo más preocupante es el desaforado crecimiento del contrabando (se calcula que en 2013 entraron 600.000 toneladas de arroz), proveniente no solo de los países vecinos sino, como se tiene sospecha, de los mismísimos EE.UU. En una jugada desleal que nos recuerda, los antiguos y recientes fenómenos del contrabando de cigarrillos y licores, donde las multinacionales productoras y sus redes de comercialización internacional estimulan negocios ilícitos que aumentan exponencialmente sus ventas. Jugada desleal que daría, por sí sola, para denunciar ese tratado desventajoso.
Competir, como nos sugieren con pomposa “sabiduría” los defensores a ultranza del catecismo neoliberal, con agricultores norteamericanos fuertemente subsidiados por su gobierno, con paquetes tecnológicos desarrollados con la aplicación juiciosa de la ciencia, con apoyos de todo tipo en la distribución, la comercialización y la exportación de ese producto, con tratados comerciales ventajistas donde imponen, si es del caso con presiones indebidas sobre los gobiernos de los países más débiles, sus cuotas de ventas, etc., no pasa de ser un acto de estulticia y de vulgar traición a los intereses de los productores nacionales. Aún así, es bueno señalar que las diferencias de productividad entre la producción norteamericana y la colombiana en ínfima (más o menos 7-8 toneladas por hectárea). La diferencia en contra nuestra está en los costos: las políticas neoliberales terminaron imponiendo precios de monopolio en los combustibles (gasolina y acpm) y por ende en el transporte; en los insumos de producción agraria, afectados por el anterior; en el crédito, con bancos que cobran los intereses más altos de América; manipulada la comercialización de los productos por todo tipo de intermediarios consentidos y oligopolios…, de tal forma que el costo de producir en Colombia es, en el caso del arroz, más del doble de los Estados Unidos, y la rentabilidad del productor negativa.
Más trágica no puede ser la tragedia y la muerte anunciada, inevitable.
P.S. Que me perdone Gabo por el plagio.
