Contestatario no: escucho a los demás
Orlando Parga
El mundo de hoy nos convoca a la paz pública y estamos llamados a deponer todas nuestras diferencias, discrepancias y desacuerdos de lado para ser constructores y arquitectos de una nueva sociedad.
La vida contemporánea nos llena de cotidianidad, tareas, ocupaciones y quehaceres pero para que exista una comunicación debe haber dos interlocutores que se turnen el rol de emisor y receptor. Es decir, para que se produzca el proceso comunicativo deben existir dos personas como mínimo con voluntad de dialogar, con la capacidad de expresar y escuchar mutuamente sus opiniones, intereses, necesidades, demandas e inconformidades sobre un tema, hecho o circunstancia concreta.
El resultado de la molestia, el disgusto y la contrariedad, aunque no está comprobado científicamente y que según el Sacerdote Católico Darío Betancourt afecta directamente al espíritu, son enfermedades o males como la artritis, la artrosis, los desórdenes emocionales, y su origen se encuentra en las pasiones.
Por eso, debemos valorar y acoger a las demás personas a pesar de sus diferencias culturales, sociales, étnicas, religiosas, políticas entre otras, y con el comedimiento que merecen las mismas acercarse y dedicarles el tiempo y consideración suficientes para que entre los dos se pueda cimentar y edificar en el respeto una mejor convivencia.
Las principales dificultades y contrariedades e inconvenientes familiares se resuelven precisamente en la comunicación, y de entre todas las formas de comunicación, o los medios y canales empelados para comunicarnos, privilegiar siempre el diálogo cara a cara.
Por eso debemos darle a la comunicación dialógica entre dos personas la mayor importancia y siempre intentar comprender las razones u opiniones de nuestro interlocutor, no sentirnos extraños en nuestra propia casa. Eso significa que debemos ponernos en los zapatos de la otra persona para entender desde el lugar que nos habla, reconocerlas en sus diferencias y siempre tener presente la cultura, el conocimiento y la experiencia con la que construyen sus opiniones y argumentos. Solo así existirá comunicación auténtica, de doble vía, y el resultado será el mejoramiento de nuestra sociedad iniciado en la base de la familia o el hogar.
En muchas ocasiones no somos bien acogidos y recibidos por que hemos incurrido en alguna molestia o indelicadeza pero siempre existirá la posibilidad de la re-construcción de un espacio para despejar cualquier duda o animadversión. El reconocimiento está precisamente en mostrarse siempre abierto al diálogo sincero, respetar al otro en sus diferencias y estar dispuesto a reconsiderar las propias opiniones y percepciones, por supuesto en no rechazar a ese otro interlocutor ni satanizarlo de por vida. La alteridad.
Cuando cedo mi espacio no estoy perdiendo, estoy consintiendo o mejor aún ganando porque compartimos con el otro un lugar mejor. Esto quiere decir que permito incluir el otro, interesarme en sus asuntos, en sus creencias, y participar de las decisiones en conjunto.
La sociedad contemporánea debe entender que el ceder no es sinónimo de perder sino de estrechar lazos de unión y de acoger a las demás personas por distantes que nos parezcan de nuestros intereses o porque nos puedan causar algún daño. Dejemos a un lado nuestro miedo, nuestra desconfianza y el egoísmo que no nos deja salir de nuestra zona de comodidad en el que nos hayamos.
De modo que a reconocernos y conocernos, apoyarnos mutualmente, amistad, aprecio, fraternidad, intercambiar experiencias de vida e iniciar una construcción holística del mundo.
