Conrado Alzate Valencia, poesía sabor a montaña
Diógenes Díaz Carabalí
Conrado Alzate es un anecdotario ambulante, cuenta en su memoria prodigiosa un sinnúmero de hechos para ilustrar su pensamiento en voz alta, reflejo de la cultura paisa alrededor de hombre y de mujeres de su entorno de su natural Riosucio, con ese contar de hechos vivos que enorgullecen su origen caldense, lo hacen agradable en la interacción de buen conversador de agradable ser humano. Fue lo que dejó en su paso por el encuentro de poetas y escritores de Garzón, además de su poesía, de su alta poesía que viene del mismo anecdotario donde le canta a los detalles del paisaje, a la percepción de los sentimientos, a las divinidades, al amor en un lirismo refrescante y propio de un hombre estremecido por acontecimientos y sensaciones.
Lo anterior si tenemos la fortuna de conocer al poeta. Pero si tenemos la gracia de leer su poesía es la aventura por el lirismo nuevo de una poesía hecha para el texto, para leer en el descanso gratificante de las horas profundas antes de que el sueño arribe a interrumpir la vida, su poesía encarna la pasividad frente a hechos torvos que a las neuronas le cuesta asimilar. Conrado pone en las líneas versos gratificantes con palabras claras, con remisiones exactas, con metáforas livianas como centro de la inmensidad de la palabra para construir universos ambiciosos a partir de la luz de las luciérnagas. Tiene Caldas en la voz de Conrado Alzate Valencia un valor en la poesía, un embajador itinerante del verso, un visionario del alma que la describe desde los diálogos para interpretar los signos contenidos en sus versos Aunque somos pequeños soles/ ocultos en la opacidad de la noche,/ valemos tanto o quizá más/ que nuestras hermanas: las estrellas (Monólogos de las luciérnagas, 50 poetas colombianos).
En un ambiente donde abundan los poetas, pero donde escasean las publicaciones de buena poesía, la obra de Conrado Alzate Valencia irradia soles naturales; más cuando el prestigio de los poetas merodea los universos del desprestigio, porque nadie quiere pensar ni dejar que los espíritus piensen; por ser un asunto peligroso, porque nos hemos acostumbrado a la eliminación física de los dueños de pensamientos. En este país matamos las ideas, e intentamos mata la poesía porque ella representa el culmen de las ideas. Es molesta, irrumpe, es contestaría, por eso hemos impedido que nuestros niños la memoricen, que nuestros jóvenes la declamen, que nuestros hombres y mujeres la frecuenten. El mercado ha convertido a la poesía en un artículo innecesario, debido a que ella trasciende, a que origina inquietudes, a que vuelca pensamiento.
Quienes sobrevivimos, los autores y los lectores de poesía, corremos peligro pero vivimos el riesgo, y eso lo ha entendido Conrado Alzate Valencia, para cantarle a lo que todos los poetas le cantan: al amor, a las ilusiones, a la vida y a la muerte, a la fe, a la idiosincrasia, a la raza, a la casa está tierra que queremos consumirla de un sorbo. Los libros son hijos de los árboles,/ seres vivos que guardan el alma/ de los bosques y de los creadores (Idem).
