Comentarios de Gustández: El premio a la desverguenza
Por Gustavo Hernández Arbeláez
Todas las sociedades han sido aconductadas con reglas y normas bajo las cuales se ajustan los comportamientos particulares en favor de la convivencia colectiva, surgiendo en todas las épocas hombres y mujeres cuyo obrar ha sido exaltado en los anales de la historia o en la cumbre del santoral, para que sean espejo, guía y aliciente de las generaciones venideras. Muchos de ellos, incluso, se ganaron la confianza general para jalonar propósitos comunes y liderar a los pueblos. Pero con el relativismo moderno ya no se requiere tanto dar un buen ejemplo existencial mientras se tenga astucia, parlamento, dinero y buen olfato para alcanzar los encargos de dirección o mando.
Nuestra sociedad ha perdido la capacidad para aplicarle a sus miembros (sin acudir a las instancias judiciales o policivas) las sanciones por desacato o excesos contra la práctica de las buenas costumbres. Aunque algunos actos nos parezcan impropios o contrarios a la armonía interpersonal, familiar o comunitaria, reciben la aprobación de “el que calla otorga”; pero si disentimos, sólo lo hacemos en el cuchicheo del “como te parece” o el “aquí entre nos”. Los hombres somos a veces como ciertas damas o señoritos cursis que tan pronto como un personaje renombrado o exitoso decide dejar a su genuina y leal esposa para empezar a salir con nueva compañera, preparan para esta las mismas adulaciones que no dejaban de brindarle a la primera señora a la que ahora sólo le darán la espalda. Así, pues, los cortesanos corren como peones a rodear al rey aunque toque sacrificar a la dama.
El 8.000 fue un oscuro y costoso proceso de financiación del narcotráfico a la campaña política de un Presidente que se aferró al solio de Bolívar contra las abultadas evidencias de su paquidérmica contaminación corrupta; ¡pero ahora se le premia como Secretario General de la unión de doce naciones suramericanas (UNASUR)! Se condecora al Presidente de la Corte Suprema de Justicia contra toda una indignación nacional por su presión indebida a un grupo de policías; postulamos de nuevo para gobernantes a los indecorosos que nos han representado en la silla departamental; y reelegimos de senadores a quienes acostumbran influenciar e intercambiar empresas como exclusivos maletines de su propiedad clientelista.
La sanción social no se aplica. Tal vez por culpa de nuestro interés social y laboral, porque nos falta valor cívico o porque ya perdimos la memoria política.
