Colombia, el realismo trágico
Delimiro Moreno
Impactos
Si. Estamos en el país del realismo trágico, en el cual un proceso que trata de dar fin a una guerra interna de más de 60 años encuentra enemigos, entre quienes se halla un expresidente que en ocho años de gobierno logró algunos avances contra la subversión, pero no pudo, aunque lo prometió, vencerla; y la vio fortalecerse en lugar de derrotarla; que creyó que con estigmatizarla semánticamente (llama a sus integrantes "terroristas" y no guerrilleros o subversivos) iba a lograr doblegarla, y que piensa que sólo con la aniquilación total, con la muerte o el encarcelamiento de sus militantes, se conseguirá "la paz sin impunidad". Lo grave no es solo la demente posición del expresidente, lleno de odio, sediento de venganza y ávido por acumular dinero, sino que millones de compatriotas hacen eco de su locura bélica y salen masivamente a defenderlo y a rechazar las negociaciones de paz. ¡Pobre país este del realismo trágico, condenado a cien años más de violencia por la demente actitud de un esquizofrénico líder político y sus seguidores!Principio del formulario
Y mucho me temo que entre el odio satánico de Uribe, la incompetencia ideológica y la soberbia de las FARC, y el mal gobierno de Santos, darán al traste con las negociaciones de La Habana, cuya lápida pusieron las exitosas manifestaciones uribistas, antipacifistas, del sábado. Los hechos son tozudos, decía Lenin, y no se pueden negar con declaraciones ni beaterías, restando importancia a las manifestaciones, diciendo que no fueron tantos los manifestantes y que no representan una real amenaza política a las negociaciones de paz. Las masivas explosiones populares demuestra que las conversaciones de La Habana NO tienen el apoyo popular que necesitan para su éxito, por esas tres causas: el odio de Uribe, la torpeza de las FARC y el mal gobierno de Santos. Lo demás es creer que las cosas van bien porque beneficiarán a Colombia y estamos de acuerdo con ellas. Hay quienes prefieren que las cosas perjudiquen al país si los beneficien a ellos.
Y es bueno también señalar que esas manifestaciones tuvieron otro objetivo claramente proclamado: defender a unos delincuentes perseguidos por la justicia y prófugos de ella, a quienes se persigue, no por militar en un partido sino por violar las leyes y las normas elementales de convivencia ciudadana. Flaco servicio hacen a su causa los recién improvisados “oradores” del uribismo, los hijos de Uribe, que sacaron tiempo de sus jugosos negocios de todo tipo para arengar a sus partidarios y pedir la absolución de los delincuentes. ¡Mostraron el cobre! Como lo mostraron quienes portaron retratos de los delincuentes prófugos como si fueran víctimas políticas de la justicia, y quienes llevaron camisetas con letreros en contra de restitución de las tierras a los campesinos a quienes despojaron de ellas en esta violencia desaforada.
Reconforta un poco de esta tragedia, ver la actitud positiva de los negociadores de La Habana –de los dos bandos- que sin dejarse impresionar -como nos impresionaron a nosotros esas manifestaciones- continúan con su labor de devolvernos la paz. Es justo reconocerlo así. Y respirar con un poco de tranquilidad. La paz de Colombia merece esta oportunidad, pero, ¡cuidado!, sus enemigos ni son pocos, ni son débiles políticamente.
