Carta abierta a los docentes
Apreciados docentes: no son tiempos fáciles. Por el contrario, son tiempos difíciles, pero necesarios, urgentes, los más indicados para revitalizar su labor. Vivimos tiempos de incertidumbre, de crisis, de desorden, angustias y de fragilidades sociales.
Apreciados docentes: no son tiempos fáciles. Por el contrario, son tiempos difíciles, pero necesarios, urgentes, los más indicados para revitalizar su labor. Vivimos tiempos de incertidumbre, de crisis, de desorden, angustias y de fragilidades sociales. El mundo presente no es el que hemos soñado. Sin embargo, hoy los necesitamos más que nunca. Hoy su labor se hace más que imprescindible, impostergable: tenemos al frente una realidad por cambiar, unos seres humanos por formar y una historia que enderezar.
Todos lo sabemos bien: el mundo atraviesa por duros caminos e impredecibles destinos. Las crisis mundiales son una constante, la desesperanza aprendida, la pobreza, el dolor, las injusticias, las tensiones sociales y políticas, la carrera frenética de la producción y la destrucción agigantada de los recursos naturales son algunos de los síntomas que caracterizan los “dolores del mundo”. Las fragilidades morales y la ambigüedad ética también nos generan tristeza de patria. Estamos entonces ante un mundo frágil, enfermo, inasible e impredecible, como lo diría Zygmunt Bauman, quien hoy se refugia con miedo de los llamados “avances del desarrollo”.
No obstante, no todo es dolor ni desconsuelo. Aún existen algunos remansos, algunos paraísos, lugares ideales que generan nuevas esperanzas, sueños y primaveras más florecidas. Aún existen espacios para la creación y la contemplación; para las risas desenfrenadas, para el eterno asombro, para la reflexión y la duda; espacios ideales para la práctica con error, el aprendizaje con alegría y para disfrutar la dicha del diálogo y el valor del disenso.
La academia, por ejemplo, puede ser uno de ellos. Uno de esos espacios donde aún podemos soñar; donde aún podemos experimentar sin miedo a equivocarnos; donde aún podemos diseñar prototipos de mundos perfectos y modelar sociedades y a seres humanos justos. La academia puede ser un territorio fértil de dignificación de la vida. Ustedes y yo, estoy seguro y no lo dudo, estamos en el mejor lugar del mundo, ejerciendo la mejor labor de la historia: la de formar seres humanos éticos, sensibles, respetuosos, ciudadanos de bien, individuos responsables que amen con generosidad su patria. La academia, insisto, a pesar de las enormes dificultades mundiales que la acechan cada día, sigue siendo el más hermoso de los reductos del pensamiento para construir nuevas realidades…
Estimados profesores, la academia puede ser el nido donde se incuban las esperanzas de sus estudiantes y las promesas de un mundo más humano y humanizado. Quizá sea el lugar ideal para mejorar la vida de nuestros estudiantes, y por ende, la del país. Es la universidad, por tanto, el lugar donde los alumnos y sus familias traen sus ilusiones y esperan de ustedes, brillantes artesanos del conocimiento, que coadyuven a labrar sus vidas y a tallar su talante, su espíritu y vocación, con la misma virtud del guía, la sencillez del pastor y la grandeza de sabio.
